Seis mitos sobre el pelo que pueden afectar a nuestra autoestima
La falta o el exceso de cabello y hasta su color o estilo han generado y generan en muchas personas falta de autoestima. Igual que hay una belleza normativa respecto al cuerpo, también la hay respecto del cabello y quien no corresponde con ella, puede sufrir complejos. El psicólogo Sergio García afirma: «Detrás de este tema se esconde la belleza de uno mismo y cómo uno se posiciona frente al mundo. Y por lo tanto, cuando hablamos de estética hablamos de integración, hablamos de belleza y hablamos de una identidad propia a través del pelo. Por lo tanto, no es un tema baladí, sino que es un tema muy importante y fundamental en cada uno de nosotros».
En Objetivo Igualdad hemos repasado algunos de los mitos o sesgos que la cultura occidental impone sobre el cabello, sobre todo el de las mujeres.
Más femenina si tiene melena
La femineidad a menudo se ha asociado a una melena larga y abundante. Existe el sesgo inconsciente de que una mujer sólo puede estar calva si está gravemente enferma. Por eso, las mujeres con alopecia sufren un estigma especialmente duro, mucho mayor que los hombres. Ellas se quejan de que muchas personas asumen que padecen cáncer. Existe un gran desconocimiento sobre los tipos de alopecia que puede tener una mujer. Los más comunes son la alopecia androgenética -la que genera la calvicie en los hombres- que también se puede dar en mujeres, o la alopecia areata, autoinmune.
A la creadora de contenido Carlota Quiroga le diagnosticaron alopecia androgenética con 14 años: «Se intentaba aparentar que no me pasaba nada y al mismo tiempo yo me veía completamente atravesada por ello, desde mi apariencia a medicamentos a tener que llevar a cabo rutinas y por supuesto, miradas indiscretas de gente que no comprendía que me estaba pasando», recuerda.
Quiroga reconoce que, ya adulta, vivía esa situación con sufrimiento: «Yo me autocastigaba de alguna forma poniendo en duda mi profesionalidad. Me acuerdo perfectamente el momento de mirarme en un ascensor subiendo a la oficina y pensar quién me iba a tomar a mí en serio, si tenía el pelo como lo tenía, si se me asomaba el cartón, si tenía sus huecos». Pudo optar por ponerse una peluca, pero decidió raparse: «Llega un momento de mi vida en el que otras cosas se vuelven más importantes y hace que mi cabeza haga un click literalmente y decida raparme para apropiarme un poquito de qué es lo que yo ponía ahí fuera, qué es lo que representaba para mí mi propia imagen».
El rapado es un castigo
Tan asociada está la cabellera a la identidad femenina que en las guerras y en otros entornos, se ha utilizado el rapado del pelo como uno de los mayores ataques que se podía infligir a la dignidad de una mujer. Es cierto que en los campos de concentración nazis y otras concentraciones masivas de personas se las ha rapado con la explicación de la higiene, para que no proliferaran los piojos. Pero este rapado tiene más connotaciones.
Es el caso de las represalias sobre las mujeres republicanas tras la guerra civil española. «El rapar a las mujeres en las guerras tenía que ver con quitarles su dignidad, tenía que ver con castigarlas, Tenía que ver con una mirada en la cual yo soy el responsable y te voy a eliminar todo lo que tenga que ver con tu singularidad. Es decir, no solamente te eliminó el cabello… De esa manera, también te estoy diciendo eres mía, estás bajo mi yugo», explica el psicólogo Sergio García.
En cambio, como reacción a esa sujeción de la femineidad, en diversas épocas de la historia se ha utilizado el rapado como un signo de empoderamiento femenino o de mostrar que se puede ser mujer por encima de los estereotipos. Y es que no siempre la imagen de femineidad dependía del cabello natural. En el Antiguo Egipto, tanto hombres como mujeres de clase alta se rapaban y utilizaban pelucas como moda. En las últimas décadas, la imagen rapada de artistas famosas como Sinead O’Connor, Sigourney Weaber o Demi Moore ha abierto puertas. También muchas mujeres feministas y lesbianas han utilizado el rapado de forma transgresora.
La rubia es angelical… o tonta
En la tradición europea se asocia el pelo rubio con la inocencia, la bondad y la belleza. Puede parecer una cuestión de gustos particulares, pero el trabajo de la investigadora y profesora de la Universidad de Vigo, Nuria Bouzas Loureiro, arroja resultados sorprendentes. Ha estudiado cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja, Rapunzel, La Bella Durmiente, Blancanieves… Salvo en este último caso, en la mayoría de los cuentos originales no se especifica el color del cabello de los personajes. En cambio, cuando se analizan las ilustraciones de esos cuentos a lo largo del tiempo: «Siempre se ha recurrido a identificar el pelo dorado en las mujeres que representan el ideal a seguir, las princesas, las niñas que necesitan ser salvadas, etc». Esa bondad que se asocia con el pelo rubio degenera a veces en otro estigma: el de la «rubia tonta», porque se une la inocencia que se le supone a la mujer rubia a una postura la infantiliza y la considera inferior.
La cruz de esta moneda está en los personajes con cabello oscuro. En su investigación, Bouzas ha constatado también que: «Para aquellos personajes que representan, por así decirlo, la maldad femenina o lo que no hay que hacer, cómo no hay que actuar, siempre se recurre a coloraciones como el negro y el rojizo también».
El pelo rojo en la mujer se liga al mal y la brujería desde la Edad Media y es el color por excelencia de la mujer fatal en innumerables cuadros e ilustraciones. Respecto a la identificación de la melena con la femineidad, Bouzas recuerda que en la historia del arte europeo cambian los tipos de cuerpos de las mujeres según los gustos de cada época, pero el cabello de la mujer bella siempre es representado largo.
Pelo largo y desinhibición sexual
«Se ha recurrido a asociar el pelo largo con la idea de libertad, de desinhibición, la sexualidad o incluso con situaciones en las que normalmente se considera que se pierden las formas o que se rompe con las normas. En cierto sentido, al contrario, el pelo recogido o el pelo corto, el pelo atado lo solemos identificar con la idea de de recatamiento, de saber estar», explica Nuria Bouzas, autora del ensayo «Lo que el pelo dice de nosotras» (Dardo, 2023) junto con Susana Cendán Caaveiro.
«Hay una relación del cabello y con el erotismo. El poder pensarlo de esa manera tiene que ver con una mirada masculina. En el fondo, no ha habido una mirada femenina hasta el último siglo. Por lo tanto, ha sido la mirada masculina aquella que escribía y aquella que ponía los estándares de la belleza«, explica Sergio García. Esto sucede también en otras culturas, como la musulmana o la hebrea, que estigmatizan como pecaminoso el pelo femenino e imponen a las mujeres su ocultación bajo velos o pelucas.
Racismo contra las melenas afro
El cabello también pude revelar diferencias de clase o incluso racismo. Es el caso del pelo afro que, en EE.UU. ha sido uno de los elementos de opresión de la población afroamericana. El rechazo a este tipo de pelo por la mayoría blanca ha dado lugar a discriminación de jóvenes en los entornos educativos e incluso a problemas laborales. Muchas mujeres se han visto obligadas por una presión no explícita a alisarse el pelo y acercarse a la tipología de persona blanca para poder acceder a un empleo o determinadas posiciones sociales.
La activista Gisette Rosas explica: «Esto tiene que ver con un concepto que se llama violencia estética y violencia institucional, sobre todo a la hora de aplicar para empleos, a la hora de estar en ciertos espacios de estudio o espacios profesionales, incluso espacios médicos. Hay compañeras activistas que han denunciado que se encuentran en sus espacios de trabajo, que son enfermeras o trabajadoras de la salud, donde se les reclama, se les cuestiona el uso del pelo de alguna u otra manera». No sólo sucede en entornos de trabajo de oficina. Rosas cita como ejemplo la falta de gorros de uniformidad en hostelería hechos para una cantidad de pelo como el suyo.
A esto se une que el pelo rizado natural en general y el pelo afro en particular han estado ausentes de la representación en revistas de belleza o peluquería, etc., como si no existieran.
Rosas explica que en España existe una tolerancia mayor y que el pelo afro suscita más curiosidad que otra cosa, pero lamenta la dificultad de poder cuidarlo: «No encontramos los productos, no hay peluquerías especializadas para nuestro pelo. Ahora cada vez mucho más, y eso es una fortuna. Pero hasta hace unos cinco o seis años yo diría que era más complejo encontrar quien te cuidara el pelo y como sobre todo llevarlo de manera natural».
Canas: Te vas a echar 20 años encima
Otra imposición bastante común es la que empuja a las mujeres a teñirse para aparentar una eterna juventud. La frase: «Te vas a echar 20 años encima» resuena todavía en la cabeza de mujeres que deciden dejar de teñirse. La pandemia del COVID-19 ha marcado un antes y un después y muchas mujeres optaron por comenzar a lucir sus canas naturales. En este caso también, el ejemplo de famosas como Andy MacDowell, Helen Mirrell, Ángela Molina, Meryl Streep o Jane Fonda ha sido determinante.
Este caso, el de las canas, es uno de los que mejor representan la diferencia de estereotipos. Mientras que a los hombres con canas naturales siempre se les ha visto atractivos y en ellos representaban sabiduría y experiencia, su estigmatización en las mujeres correspondían a ese edadismo que hace todavía que las mujeres se vuelvan invisibles cuando cumplen cincuenta años.
Afortunadamente, ese estereotipo, como otros muchos, está desapareciendo poco a poco.