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Los psicólogos lo confirman: esta es la razón por la que muchos hombres llenan la agenda para no sentir

Lo llaman evitación experiencial y cada vez aparece más en consulta. Los especialistas explican cómo reconocerlo y por qué afecta especialmente a los hombres.

Hay un tipo de hombre que rara vez entra en consulta diciendo que está mal. Entra diciendo que está agotado, que no duerme, que aprieta la mandíbula por las noches o que tiene el estómago revuelto sin causa médica. Lo que casi nunca dice (porque casi nunca lo sabe) es que lleva meses, o años, organizando su vida para no quedarse a solas consigo mismo. Y es que los problemas de salud emocional rara vez se identifican con la misma facilidad que los problemas de salud física.

La psicología clínica tiene un nombre para ese mecanismo: evitación experiencial. Y, según coinciden los especialistas consultados, aparece cada vez con más frecuencia en pacientes masculinos.

Qué es la evitación experiencial

Aunque de primeras el término te suene demasiado técnico, el fenómeno es cotidiano. Lo definió el psicólogo Steven Hayes, de la Universidad de Nevada (Reno), creador de la Terapia de Aceptación y Compromiso, en un trabajo ya clásico de los años noventa: describe el esfuerzo, casi siempre inconsciente, por suprimir o esquivar las experiencias internas desagradables (emociones, evitar pensamientos negativos, recuerdos, sensaciones) aunque hacerlo termine pasando factura.

Para Sergio García Soriano, psicólogo sanitario especializado en intervención social, la clave está en distinguir el malestar puntual de la huida sostenida. «El problema no es experimentar este tipo de sensaciones», explica. «El problema aparece cuando organizamos gran parte de nuestra vida alrededor de no encontrarnos con esas experiencias y esos sentimientos.»

En lugar de procesar una emoción incómoda, la tapamos con actividad. No es una decisión: es un mecanismo que se instala poco a poco hasta volverse tan automático que se hace invisible. Y, en los hombres adultos, suele camuflarse detrás de conductas que la sociedad aplaude. «Suele ser un hombre que siempre está ocupado, que abraza el deporte de manera compulsiva o que necesita proyectos continuos», describe García Soriano. «Desde fuera vemos a una persona exitosa; desde dentro, un silencio que resulta incómodo.» La pista más reveladora, añade, es que esa misma persona, con una vida social intensa, tiende a esquivar cualquier conversación emocional.

Por qué golpea especialmente a los hombres

Que este patrón aparezca más en hombres tiene un trasfondo cultural. Tradicionalmente se les ha asociado a mostrar fortaleza y a esconder cualquier signo de vulnerabilidad. «Los hombres utilizan más la ocupación constante para evitar emociones», señala García Soriano. «Es más frecuente que el hombre traslade su malestar hacia la acción.»

Lo paradójico es que las actividades que sirven de escape no son malas en sí mismas. El problema, advierten los especialistas, surge cuando forman un sistema: mientras haya algo que hacer, no queda espacio para preguntarse cómo se está. Y esa pregunta, aplazada durante años, termina cobrándose la deuda.

Moira Belda Mcfall, psicóloga clínica en Madrid, lo resume con una advertencia: «La evitación experiencial a corto plazo puede disminuir el malestar, pero a la larga aumenta las emociones desagradables.» Sobre la diferencia entre sexos, matiza con honestidad: «Puede ser un sesgo, pero la parte cultural que hace que los hombres sean más evitativos es cierta.»

La diferencia entre un hombre productivo y uno que huye de sí mismo

Aquí está el corazón del asunto, y es más sutil de lo que parece. «La diferencia no está en la cantidad de trabajo», aclara García Soriano, «sino en la relación que se tenga con ese trabajo.»

Un hombre genuinamente productivo puede trabajar mucho y, aun así, tener momentos de calma, reconocer que siente cosas desagradables y delegar sin angustia. Trabaja porque quiere conseguir algo que le importa. Mara García, psicóloga de la Asociación Nacional de Psicólogos en Acción, lo describe así: «Un hombre productivo acaba haciendo cosas que llenan su vida, pero que elige de forma consciente. Un hombre que huye se desconecta de sus emociones, y estas no desaparecen: se quedan sin gestionar y acaban saliendo en forma de ira o de tristeza.»

El que huye se delata, sobre todo, cuando no hace nada. «Sentirá una gran irritación cuando esté parado», continúa García Soriano, «y tampoco podrá delegar, porque pensará que nadie lo hace como él.» A eso se suma una dificultad real para conectar con las propias emociones fuera del trabajo.

Las señales de que tu agenda es una huida

Es la pregunta más incómoda, precisamente porque no tiene respuesta evidente: desde fuera, los dos hombres parecen idénticos. La diferencia aparece cuando se apaga el ruido. Mara García lo llama «un aislamiento encubierto cuando se está viviendo algo conflictivo». Estas son las señales que los especialistas identifican con más frecuencia:

  • El descanso incomoda. «Hay personas que se sienten peor cuando no tienen que trabajar», observa García Soriano, porque la actividad funcionaba como distracción permanente.
  • No se soporta el silencio. «¿De repente hay silencio? Me pongo un pódcast, un vídeo, cualquier cosa que me saque de la experiencia interna», ejemplifica.
  • Niebla mental y desconexión. «A menudo los pacientes describen una niebla en la cabeza y tienden a disociar», apunta Belda.
  • La autoestima cuelga de la productividad. El valor personal queda atado a lo que se logra en el trabajo.
  • Cuesta mostrarse vulnerable incluso con las personas de confianza.
  • La sensación de perseguir algo que nunca se alcanza. Hay un cansancio reconocido que, aun así, no frena: «La persona reconoce que está cansada, pero no cancela el compromiso, porque le resulta más incómodo parar que continuar.»

Cuando el cuerpo dice lo que la mente calla

Cuando silencias esta emoción, el cuerpo levanta la voz y habla . Mara García describe patrones que se repiten en consulta: «Los signos de estrés empiezan a aparecer y el insomnio es frecuente: la mente está todo el rato funcionando y no puede parar.» A eso se suman el bruxismo «acaban apretando mucho la mandíbula», las contracturas musculares y los problemas digestivos.

«El cuerpo acaba gritando lo que la mente calla», resume. «Cuando apagamos la emoción, aparecen los signos físicos.»

Qué hacer: recuperar la pausa sin renunciar a lo que importa

Reconocer el patrón es el primer paso, coinciden los especialistas. No para hacer menos, sino para hacer con más conciencia. El objetivo no es dejar de trabajar, entrenar o tener planes: es recuperar la capacidad de parar sin que cada pausa se vuelva insoportable. Estas son prácticas concretas, alineadas con el enfoque terapéutico desde el que trabajan los expertos consultados, para empezar a hacerlo.

  1. La pausa antes del “sí”. Antes de añadir un compromiso más a la semana, pregúntate: ¿esto lo quiero, o lo uso para no quedarme quieto? Es una pregunta pequeña, pero (según los profesionale) es la que lo cambia todo.
  2. Empieza por diez minutos de aburrimiento. No hace falta meditar una hora. Reserva ventanas breves (cinco o diez minutos) sin pantalla, sin pódcast, sin tarea. La incomodidad inicial es esperable: es justo la experiencia interna que llevabas tiempo tapando.
  3. Nombra lo que sientes en lugar de taparlo. Poner palabras a una emoción («estoy frustrado», «tengo miedo») reduce su intensidad mucho más que distraerse de ella. Es un gesto simple y respaldado por la investigación.
  4. Distingue descanso de distracción. Maratonear series o el scroll infinito ocupan la cabeza sin dar tregua. El descanso real (pasear sin destino, no hacer nada) deja sitio para que aparezca lo que evitabas. Esa es la diferencia que importa.
  5. Una conversación emocional a la semana. Elige a una persona de confianza y comparte algo que de verdad sientes, no solo lo que haces. Romper el «silencio incómodo» es, según los expertos, donde empieza el cambio.
  6. Sabe cuándo pedir ayuda. Si el insomnio, la irritabilidad al parar o la sensación de niebla se sostienen en el tiempo, conviene consultar con un profesional. Pedir ayuda no es lo contrario de ser fuerte: para muchos hombres, es la decisión más difícil que tomarán.

La productividad excesiva no siempre es una virtud. A menudo es una estrategia de supervivencia emocional: una forma de no sentarse a solas con uno mismo. El problema nunca fue trabajar mucho. Es que cualquier pausa duela.

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El reto de afrontar las Navidades en soledad

«Sentir angustia es una señal de que hay que hacer cambios en la vida»

La Navidad es un momento del año especialmente emotivo para casi todas las personas. Está llena de recuerdos y son fechas, en principio, para pasarlas en familia, con las personas que queremos. Sin embargo, a veces -por circunstancias de la vida- eso no es posible, y hay personas que se ven obligadas a afrontar una Navidad en soledad, bien porque viven lejos de su país o porque quizá no tienen a nadie cerca. La soledad es uno de los problemas a los que nos enfrentamos en una sociedad cada vez más digitalizada y global. Tanto es así que en 2018, el Reino Unido fue pionero en crear una Secretaría de Estado llamada ‘Ministerio de la Soledad’ para abordar, precisamente, la soledad y el aislamiento social, que afectan a millones de personas en el país.

Si tú eres una de esas personas, hay esperanza. Como señalan los psicólogos, es muy posible que si en estas fechas no puedes reunirte con los tuyos aparezcan sentimientos de soledad, nostalgia e incluso culpa. «Son días que nos remueven porque nos recuerdan momentos compartidos, gestos repetidos año tras año y esa sensación de hogar que todos tenemos muy presente. Cuando no podemos vivirlo igual, lo notamos más. No es un signo de debilidad, simplemente es una reacción natural ante una fecha en la que el corazón toma protagonismo», explica a la web de Informativos Telecinco Yolanda Romero, psicóloga y directora técnica de ICEPS (Instituto Clínico de Psicología Infantil y del Adolescente).

¿Qué podemos hacer, entonces? Como ella sugiere, lo mejor es no negar lo que sentimos y permitirnos vivirlo con calma. «Una videollamada, una llamada o un mensaje que nos acerque un poco a nuestra familia puede reconfortar. Y también es importante hacer algún plan que nos dé calidez allí donde estemos: quedar con un amigo, compartir un rato con algún vecino, invitar a alguien que se encuentre en circunstancias parecidas, preparar algo especial para nosotros o salir a disfrutar de algún plan fuera de casa. Son pequeños gestos que alivian y que nos hacen sentir un poco más acompañados. Sentir más no es un problema. Es lo habitual en una fecha que toca nuestra parte más profunda».

Para el psicólogo Sergio García Soriano, lo más importante es aceptar la realidad y también reflexionar en qué nos está causando malestar. «Si me encuentro mal, el problema no es la Navidad, es que hay algo en mi vida que no me gusta y en la Navidad florece o se manifiesta, podría estar contento porque se ha producido una señal de angustia que me tiene que llevar a hacer cambios en mi vida».

En estos casos, lo mejor es buscar un plan alternativo, algo que nos aporte ilusión. Se puede planear algo sencillo, desde un paseo o acercarnos a algún espacio donde haya más gente. Yolanda Romero aconseja, por ejemplo, preparar algo especial para nosotros como crear un pequeño ritual propio compartir un café con alguien que también esté solo puede aliviar ese peso. «No se trata de forzar la alegría, sino de acompañarnos con cariño».

«La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño»

Afrontar la Navidad tras una pérdida

Durante estas fechas, las consultas más habituales que suelen recibir los psicólogos son síntomas de ansiedad anticipatoria por los rechazos o desafectos que se producen generalmente con la familia política y el nivel de exigencia o perfeccionismo de algunos familiares por ser anfitriones o por acertar con los detalles. También es común, el recuerdo a los fallecidos y el sentir «la silla vacía» sin esas presencias, que pueden dar lugar a tristeza o manifestaciones de la depresión si esto es mantenido en el tiempo. No hay que olvidar que las Navidades son un carrusel de emociones, sobre todo, para aquellos que han perdido a personas importantes.

Afrontar un duelo en Navidad es muy complicado, de hecho, hay incluso personas que no la pueden celebrar por la tristeza que les supone. «En estos casos no se trata de esforzarnos por estar bien, sino de permitirnos sentir sin presionarnos. A veces ayuda mantener un pequeño gesto que nos conecte con esa persona, una vela, una receta, una canción o compartir un rato con alguien cuando nos apetezca. También puede ayudar planear algo sencillo para el día: salir a caminar, visitar un lugar tranquilo, preparar una comida especial o ver a alguien de confianza. Son acciones pequeñas, pero suelen aliviar», aconseja Yolanda

«En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad»

El duelo en Navidad

Pero, ¿qué ocurre si el peso es demasiado grande? Entonces, lo mejor es hablarlo con un profesional o con alguien que nos escuche de verdad. «En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad». Si por ejemplo nuestros padres acaban de fallecer, no se recomienda celebrar la Navidad en ese lugar, siempre aceptando que la tristeza va a ser nuestra compañera de viaje toda la vida, y, más especialmente, en los días señalados de nuestro calendario. Por su parte, el psicólogo Sergio García recomienda hacer nuestro pequeño homenaje a nuestro ser querido.

Si, por el contrario, conocemos a alguien que lo está pasando mal en estas fechas, también podemos ayudar. El consejo es claro: no hace falta hablar demasiado, a veces con una presencia tranquila es suficiente. «La Navidad remueve mucho, y acompañar sin prisa ni exigencias suele ser el mayor gesto de cuidado. Ayuda preguntar qué necesita, sin imponer nada y respetando su ritmo. Y es importante evitar frases como “tienes que animarte”, porque en estas fechas esos mensajes pueden hacer que la persona se sienta aún más incomprendida. La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño. En Navidad, un gesto así puede aliviar más de lo que imaginamos», subraya Yolanda Romero.

Emociones, navidad, Psicología, soledad

No conviene ser amigos de nuestros hijos

Matthew McConaughey ha hablado sobre la relación con sus hijos, Levi, Vida y Livingston, fruto de su relación con Camila Alves, con quien lleva casi 20 años. Lo ha hecho durante la presentación de la última película que protagoniza, Laberinto en llamas, dirigida por Paul Greengrass. Levi (17 años), su hijo mayor, forma parte del reparto de la película, por lo que el oscarizado actor ha aprovechado para hablar de su paternidad y acerca de cómo es la relación que mantiene con él y con sus otros dos hijos.

«Como padre, siempre pensé que había dos etapas: primero eres el padre, y luego, con suerte, te conviertes en amigo. Sin embargo, ahora que mis hijos son adolescentes, me he dado cuenta de que en realidad hay un papel intermedio, un puente entre esos dos, y es el de ser su hermano mayor”, comentaba. “Por eso, aunque sigo ejerciendo de padre, muchas veces me encuentro escuchando algo que les preocupa y, en lugar de darles una lección, me siento con ellos, les pongo una mano en la espalda y les digo: A mí también me pasó«. Esa interacción les ayuda a entender, según manifiesta McConaughey, “que el mundo no gira solo en torno a ellos, que no son los únicos con ese problema”.

Aunque sigo ejerciendo de padre, muchas veces me encuentro escuchando algo que les preocupa y, en lugar de darles una lección, me siento con ellos, les pongo una mano en la espalda y les digo: «A mí también me pasó».

Matthew McConaughey, actor y padre de tres hijos adolescentes

Sus palabras dan lugar a reflexionar acerca de cómo ha de ser la relación entre un padre o una madre y sus hijos, puesto que muchos creen (como él mismo lo creía en un primer momento) que lo más adecuado es ser amigos, establecer una relación de amistad. ¿Pero realmente es así? ¿O es preferible marcar cierta distancia?

Se lo hemos preguntado a Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta (www.psicologosergiogarcia.com) y miembro del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Lo que nos responde, partiendo de la base de que las palabras del actor Matthew McConaughey son las de un padre hablando sobre su hijo y, por lo tanto, son respetables, es que “no conviene ser amigos de nuestros hijos”.

Eso no implica que los padres no puedan ser amistosos con ellos. “Una cosa es que uno pueda ser amistoso, pero otra cosa es que uno no se dé cuenta de que cumple una función, sobre todo, en el desarrollo del niño y del adolescente”, explica. “Es decir, que son relaciones diferentes y, por lo tanto, cuando uno es padre o cuando uno es madre, tiene que aplicar una serie de conocimientos y una serie de códigos que, pudiendo ser flexibles, implican otra responsabilidad e implican otra figura”.

La relación entre padre e hijo en cada etapa evolutiva: factores a tener en cuenta

“El papel de padres y el papel de amigos es diferente y hay que tenerlo muy claro durante todas las etapas evolutivas del niño”, subraya el psicólogo. Durante la infancia, el papel fundamental del padre y de la madre es el de proteger y supervisar, el de poner normas y límites. “Tengo que tomar en cuenta a mi hijo, pero al mismo tiempo tengo que ser quien aplique las consecuencias y tengo que hacer un visionado de su vida para poder ofrecerle estrategias y, claro, no soy su amigo porque al mismo tiempo también puedo ser su censor, ya que le tengo que poner límites”, aclara. “En una primera infancia, adolescencia y juventud, el hijo necesita un padre que limita y, a partir de ahí, no se pueden establecer las relaciones de amistad”.

El papel de padres y el papel de amigos es diferente y hay que tenerlo muy claro durante todas las etapas evolutivas del niño

Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta

Sergio García Soriano puntualiza que esa relación cambia (o debería cambiar) cuando el hijo llega a la mayoría de edad. “Ahí ya el visionado de la vida de mi hijo tiene que ser respetuoso y no le puedo limitar, sino que tengo que tener generosidad con sus puntos de vista”. Puntualiza, eso sí, que no se trata exactamente de una amistad, sino de “un apoyo férreo y, entre comillas, incondicional, frente a las cuitas de la nueva vida de mayoría de edad”.

En cuanto a las declaraciones de Matthew McConaughey acerca de que ejerce, en cierto modo, de hermano mayor de sus hijos, el psicólogo considera que se trata de “un posicionamiento sano frente a la vida de sus hijos” cuando estos son ya mayores . “Yo a eso no lo llamaría amistad, lo llamaría una relación sana con nuestros hijos, sin juzgarles y promoviendo y apoyando sus iniciativas o su toma de decisiones”.

¿Cómo es una relación sana entre padre e hijo?

“Una relación sana es cuando mi hijo tiene problemas y puede consultármelos, puede hablar conmigo o, aún no pudiendo hablar conmigo, sabe que, si me lo cuenta, no voy a ser autoritario con él o no voy a ser con él una persona que juzgue”. Teniendo esto en cuenta, el psicólogo hace hincapié en que en la adolescencia se necesita más un padre que esté ahí.

“Y eso no se improvisa. Eso tiene que ver con que, a lo largo de la vida del niño, del adolescente y ahora del joven, uno ha hecho lo que tenía que hacer y es estar ahí, que sufragarle los gastos necesarios hasta poder llegar a la juventud, es tener la comunicación necesaria hasta llegar a esa juventud. Y eso tiene que ver con haber pasado horas con ellos, haber tenido tiempo de calidad, haber sabido cuáles son los gustos y las necesidades de nuestros hijos…”.

En una primera infancia, adolescencia y juventud, el hijo necesita un padre que limita y, a partir de ahí, no se pueden establecer las relaciones de amistad

Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta

El psicólogo añade que es importante también ponernos “un poco por detrás”, es decir, no tener ego, puesto que eso puede contaminar la relación con el hijo, “de tal manera que, cuando me cuentan algo, no contesto como padre, sino que esas heridas emocionales que yo tengo o tenía se las he generalizado a mis hijos”.

“¿Qué es ser padre?”, se cuestiona García Soriano. Ser padre es “haber sabido limitar cuáles eran mis problemáticas personales para poder escuchar y atender cuáles son las problemáticas y necesidades de mis hijos a lo largo de la evolución y de sus fases de crecimiento”. En este sentido, ejercer como padre, dice, “en ocasiones es poder hablar con ellos de los temas en concreto y otras veces sin necesidad de hablar con ellos, ellos saben que yo estoy ahí porque he cumplido a lo largo de esa evolución”.

Emociones, Familia, Hij@s, Psicología