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El reto de afrontar las Navidades en soledad

«Sentir angustia es una señal de que hay que hacer cambios en la vida»

La Navidad es un momento del año especialmente emotivo para casi todas las personas. Está llena de recuerdos y son fechas, en principio, para pasarlas en familia, con las personas que queremos. Sin embargo, a veces -por circunstancias de la vida- eso no es posible, y hay personas que se ven obligadas a afrontar una Navidad en soledad, bien porque viven lejos de su país o porque quizá no tienen a nadie cerca. La soledad es uno de los problemas a los que nos enfrentamos en una sociedad cada vez más digitalizada y global. Tanto es así que en 2018, el Reino Unido fue pionero en crear una Secretaría de Estado llamada ‘Ministerio de la Soledad’ para abordar, precisamente, la soledad y el aislamiento social, que afectan a millones de personas en el país.

Si tú eres una de esas personas, hay esperanza. Como señalan los psicólogos, es muy posible que si en estas fechas no puedes reunirte con los tuyos aparezcan sentimientos de soledad, nostalgia e incluso culpa. «Son días que nos remueven porque nos recuerdan momentos compartidos, gestos repetidos año tras año y esa sensación de hogar que todos tenemos muy presente. Cuando no podemos vivirlo igual, lo notamos más. No es un signo de debilidad, simplemente es una reacción natural ante una fecha en la que el corazón toma protagonismo», explica a la web de Informativos Telecinco Yolanda Romero, psicóloga y directora técnica de ICEPS (Instituto Clínico de Psicología Infantil y del Adolescente).

¿Qué podemos hacer, entonces? Como ella sugiere, lo mejor es no negar lo que sentimos y permitirnos vivirlo con calma. «Una videollamada, una llamada o un mensaje que nos acerque un poco a nuestra familia puede reconfortar. Y también es importante hacer algún plan que nos dé calidez allí donde estemos: quedar con un amigo, compartir un rato con algún vecino, invitar a alguien que se encuentre en circunstancias parecidas, preparar algo especial para nosotros o salir a disfrutar de algún plan fuera de casa. Son pequeños gestos que alivian y que nos hacen sentir un poco más acompañados. Sentir más no es un problema. Es lo habitual en una fecha que toca nuestra parte más profunda».

Para el psicólogo Sergio García Soriano, lo más importante es aceptar la realidad y también reflexionar en qué nos está causando malestar. «Si me encuentro mal, el problema no es la Navidad, es que hay algo en mi vida que no me gusta y en la Navidad florece o se manifiesta, podría estar contento porque se ha producido una señal de angustia que me tiene que llevar a hacer cambios en mi vida».

En estos casos, lo mejor es buscar un plan alternativo, algo que nos aporte ilusión. Se puede planear algo sencillo, desde un paseo o acercarnos a algún espacio donde haya más gente. Yolanda Romero aconseja, por ejemplo, preparar algo especial para nosotros como crear un pequeño ritual propio compartir un café con alguien que también esté solo puede aliviar ese peso. «No se trata de forzar la alegría, sino de acompañarnos con cariño».

«La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño»

Afrontar la Navidad tras una pérdida

Durante estas fechas, las consultas más habituales que suelen recibir los psicólogos son síntomas de ansiedad anticipatoria por los rechazos o desafectos que se producen generalmente con la familia política y el nivel de exigencia o perfeccionismo de algunos familiares por ser anfitriones o por acertar con los detalles. También es común, el recuerdo a los fallecidos y el sentir «la silla vacía» sin esas presencias, que pueden dar lugar a tristeza o manifestaciones de la depresión si esto es mantenido en el tiempo. No hay que olvidar que las Navidades son un carrusel de emociones, sobre todo, para aquellos que han perdido a personas importantes.

Afrontar un duelo en Navidad es muy complicado, de hecho, hay incluso personas que no la pueden celebrar por la tristeza que les supone. «En estos casos no se trata de esforzarnos por estar bien, sino de permitirnos sentir sin presionarnos. A veces ayuda mantener un pequeño gesto que nos conecte con esa persona, una vela, una receta, una canción o compartir un rato con alguien cuando nos apetezca. También puede ayudar planear algo sencillo para el día: salir a caminar, visitar un lugar tranquilo, preparar una comida especial o ver a alguien de confianza. Son acciones pequeñas, pero suelen aliviar», aconseja Yolanda

«En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad»

El duelo en Navidad

Pero, ¿qué ocurre si el peso es demasiado grande? Entonces, lo mejor es hablarlo con un profesional o con alguien que nos escuche de verdad. «En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad». Si por ejemplo nuestros padres acaban de fallecer, no se recomienda celebrar la Navidad en ese lugar, siempre aceptando que la tristeza va a ser nuestra compañera de viaje toda la vida, y, más especialmente, en los días señalados de nuestro calendario. Por su parte, el psicólogo Sergio García recomienda hacer nuestro pequeño homenaje a nuestro ser querido.

Si, por el contrario, conocemos a alguien que lo está pasando mal en estas fechas, también podemos ayudar. El consejo es claro: no hace falta hablar demasiado, a veces con una presencia tranquila es suficiente. «La Navidad remueve mucho, y acompañar sin prisa ni exigencias suele ser el mayor gesto de cuidado. Ayuda preguntar qué necesita, sin imponer nada y respetando su ritmo. Y es importante evitar frases como “tienes que animarte”, porque en estas fechas esos mensajes pueden hacer que la persona se sienta aún más incomprendida. La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño. En Navidad, un gesto así puede aliviar más de lo que imaginamos», subraya Yolanda Romero.

Emociones, navidad, Psicología, soledad

Perfil victimista, la cultura de la queja

Hay víctimas, aquellas que han sufrido un daño objetivo y otras con “rol de víctima”, de perfil victimista, que se atribuyen una ofensa y organizan la propia vida en torno a este rol social.

Con el victimismo, se busca el reconocimiento social desde un estilo de de atribución externo que se sustenta en el siguiente pensamiento: “Yo soy la víctima y tengo la razón, vuestro dolor o vuestro punto de vista es inferior al mío”.

De tal manera que estas personas se sienten con el derecho de comportarse de forma agresiva y egoísta puesto que, según ellos, su alto sufrimiento justifica cualquier acto.

¿Cuál es el perfil de una persona victimista?

  1. Personalidad ansiosa que fomentan alta vigilancia hacia el entorno, aunque tengan una baja empatía hacia los demás.
  2. Muestran una baja autocrítica hacia sí mismos y, sin embargo, se muestran intolerantes con los errores de los demás.
  3. Pesimismo. Tienden a exagerar los aspectos negativos y generan un malestar familiar o del entorno por ello, obviando puntos de vista más complejos de la realidad. Entran dentro del esquema maniqueo bueno/malo. Y enlazan con el planteamiento de que la víctima es siempre la buena y existe un halo de superioridad moral del que participan.
  4. Rencor. Aquellas personas que presentan el rol de víctima, tienen varios sentimientos dañinos acumulados de ira y agresividad. Pueden emitir expresiones de desprecio a intolerancia hacia la integridad física y moral de otras personas a las que ella puede considerar culpables por alguna razón.
  5. Tendentes a buscar culpables y con actitud de desconfianza. Pueden generar un trastorno paranoide de la persona en casos graves.
  6. Rumian sobre el pasado. La ofensa percibida está frecuentemente en su mente y en su decir, aunque esta haya sido producida hace años o décadas.

Nuestra sociedad premia discursos cerrados y muy entendibles, sin flecos donde se marque claramente lo protagónico/antagónico.

Los victimistas cuentan detalles íntimos muy llamativos y enarbolan un daño moral muy manifiesto.

La psicoterapia cuestionará esa manera que tuvo la persona de perfil victimista de hacerse a sí mismo para poder cambiar esa herida percibida por una actitud de apología por el otro, donde las necesidades de los demás formen parte también de los propios argumentos de la vida.

Actitudes, Ansiedad, EFEsalud, Emociones, Pesimismo

Normalidad y felicidad

Uno de los temas frecuentes del ser humano es el querer “ser normal”. Sería feliz si pudiese…ser normal como los demás. Por ejemplo, tener una casa, ser heterosexual u homosexual, tener una pareja, casarme, un buen trabajo, que me guste el fútbol o la ópera, ser padre/madre… Son los conceptos normalidad y felicidad.

Es decir que ser una persona normal significa ajustarse a los estándares y expectativas establecidos socialmente.  Una conducta es normal cuando se mantiene dentro de la media que engloba al resto de la población. Por ello, tendríamos que introducir otros términos para sustituirla, como la palabra “habitual” para describir nuestro comportamiento, y de esa manera poder entender que lo habitual en términos estadísticos no debería de tener una connotación de normalidad.

Es muy claro con las enfermedades denominadas “raras” cuando lo que se quiere decir realmente es que son “minoritarias” en términos de la población que las padece. Y puede inducir a un etiquetamiento desacertado de la persona. O cuando en las Navidades o en determinados grupos mayoritariamente de gente joven se establece que se rebasen los límites de la ingesta de alcohol o que la ingesta de alcohol sea “normal” en el ocio nocturno. ¿Por qué es lo “normal” una conducta en contra de nuestra propia salud?

El concepto de normalidad puede ser perjudicial. Ya que se mal usa en ocasiones como medidor de lo qué es o no correcto según nuestro punto de vista o el punto de vista dominante. Cuando atribuimos a una persona, conducta o cosa la característica de anormal, suele ir acompañada de sesgos negativos que hacen que veamos como anómalo situaciones que no siempre lo son y a la inversa.

Y ocasionalmente lo anómalo o no, está relacionado con lo cultural o lo familiar. En Occidente es habitual vestirse de oscuro y estar triste en los entierros por la muerte, cuando el color blanco es muy usado en las zonas orientales como Japón, y se hace un homenaje al fallecido celebrando la vida. En Mauritania (África) se hace una fiesta en los divorcios y aquí suele ser un tema desagradable de gestionar y se puede convertir en tabú hablar de ello para no molestar a quien lo está pasando.

Por ello, tendríamos que saber que el ser humano es en transformación. En el sentido que tiene que acceder a una serie de normatividades culturales impuestas y luego tiene que aceptar y desechar aquellas que le potencien o dificulten.

Cuando queremos encorsetarnos en moldes de cómo tenemos que vivir, cómo tenemos que amar o cómo tenemos que ser felices, es posible que no vivamos una vida dichosa sino impostada.

A veces sentirnos marginales fuera de la norma, dispara las enfermedades mentales como las preguntas: ¿Pero por qué no puedo encajar en el grupo de clase? ¿Pero por qué no me dan “likes” a mis post de Instagram? ¿Pero por qué mi cuerpo no se ajusta a lo esperado y sí el de mis amigas/os?

Las distinciones entre los diferentes gustos o preferencias de las personas son buenas para conocernos mejor. A uno le gusta el fútbol, a otro el rugby y a otro el teatro, uno quiere desarrollar una formación profesional y otro una carrera universitaria.

Sin embargo, cuando nos comparamos con el otro, introducimos un elemento de competición donde establezco unos patrones de “presión”. “Quiero tener más coches, más sexo, más casas que él o ella y eso me hace mejor”. Apareció la envidia restándonos felicidad. La única comparación adecuada sería la de cada uno con respecto a sí mismo. Así estaba yo hace unos años y así estoy ahora.

También existe una idea falsa de que para ser feliz en la vida hay que llegar a una “paz mental”. Sin embargo, la vida es en conflicto, el crecimiento de las personas tiene que ver con poder tolerar ciertos conflictos con los demás y consigo mismo, y uno accede a la norma a veces, a través de una rebeldía hacia sus padres valedores de la normatividad o de las generaciones anteriores valedoras de lo que tradicionalmente ha generado felicidad.

Cada generación tiene que luchar por producir sus propias normatividades o reglas, ajenas a veces, a aquellas que tuvieron sus padres o abuelos. Ser familia numerosa, tener más de 4 hijos a principios del siglo XX se veía necesario para repoblar una mermada Europa después de dos guerras mundiales y tener mano de obra barata para cultivar la tierra y al mismo tiempo se veía en la alta reproducción un signo de virilidad en los varones y en ellas, la maternidad era concebida como un destino que otorgaba una identidad en la comunidad junto al matrimonio.

Resolver la cuestión para cada uno Normalidad/Felicidad aceptando las diferencias en los demás y en nosotros mismos ayuda a tener una vida más sana.

Actitudes, EFEsalud, Emociones, Psicología, Salud mental