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¿Por qué son hombres el 81% de las personas que mueren ahogadas en España?

En todas las comunidades autónomas se ahogan más hombres que mujeres. Un psicólogo, dos socorristas y un superviviente de ahogamiento nos explican cómo la temeridad aumenta considerablemente la posibilidad de morir.

Félix Llorente tiene 71 años y en octubre de 2024 pasó una semana en la UCI intentando sobrevivir a un ahogamiento
Todos los días pasa horas nadando y ejercitándose en la playa Cala Major de Palma de Mallorca, pero no recuerda qué le pasó ni qué lo llevó a tragar tanta agua el día en que casi muere. Hoy solo tiene palabras de agradecimiento para los socorristas que salvaron su vida y aconseja ser menos temerario en el agua, el comportamiento por el que ocho de cada 10 víctimas mortales de ahogamiento son hombres.
Cada día de 2025 impone un nuevo récord de ahogados fallecidos y el 81,25% son hombres. Detrás de este fenómeno hay varias causas, pero la más señalada es la falta de prevención.
Un concepto que incluye a los bañistas y a toda la sociedad en general, pues los expertos del sector lo utilizan para definir un abanico de condicionantes que van desde no entrar a la playa bajo los efectos de las drogas, hasta la inexistencia de medidas coercitivas o de campañas de concienciación
Hombres como Llorente, que alardea de sus habilidades acuáticas, no necesitan casi morir para entender “que debemos respetar el mar”.

8 de cada 10 víctimas de ahogamiento son hombres

Fallecidos por ahogamiento en el agua en lo que va de 2025, según sexo. Datos hasta el 10 de
septiembre.

De acuerdo con un artículo de la revista científica Emergencias,
los hombres tienen el doble de probabilidades de ahogarse que las mujeres y la mortalidad en países de bajos ingresos triplica la de países de altos ingresos. “La mortalidad por ahogamiento está infraestimada y la morbilidad desconocida.
La prevención es el factor clave para la reducción de la mortalidad y morbilidad, pero si esta falla, la rapidez y calidad del tratamiento tanto prehospitalario como hospitalario determinarán el pronóstico”, precisa el estudio realizado en 2019 por tres profesores de la Universidad de Santiago de Compostela.
El psicólogo madrileño Sergio García, quien ha tratado con supervivientes y familiares de fallecidos por ahogamiento, señala que los hombres en la adolescencia pueden desarrollar conductas temerarias
para defenderse así mismos y mostrarse más masculinos y valientes. Las mujeres, al contrario, “tienen una psiquis que las impulsa más a mantenerse vivas, y se conocen mucho mejor a sí mismas. Esto se puede ver muy bien en los adolescentes, porque ellas son las que antes maduran”.

La valentía sin sentido como sinónimo de muerte trágica

Entre el 1 de enero y el 10 de septiembre de 2025 murieron ahogadas 384 personas en aguas españolas, según datos facilitados a este diario por la Campaña contra el ahogamiento del Gobierno de Canarias. Al frente de esa campaña destaca el buzo y rescatista profesional (campeón mundial en este apartado),
Eduardo Blasco. Él admite que al haber más turismo y más bañistas era de esperar que aumentaran los ahogados en España, pero el crecimiento de los fallecidos (471 en 2024) ha sido tan desproporcionado ,que superaremos los 500 mucho antes de lo previsto. Otra causa es la falta de vigilancia en las playas, donde ocurren la mayoría de los siniestros, pero aunque se vigile cada palmo de arena lo más importante es lo que hace el bañista, matiza el especialista.


“La temeridad es un factor determinante en el ahogamiento”, explica Blasco, especializado en rescates en alta mar. “No se pueden asegurar todos los cuerpos de agua. La inmensa mayoría de las playas, lagos y pantanos españoles no tienen vigilancia. Solo Canarias, por ejemplo, tiene 1.500kilómetros de costa, al igual que Galicia. En mi opinión es extremadamente ineficiente poner vigilancia en costas sin playas y el resto de sitios no autorizados para el baño. La gente no se puede meter en ellos.
Hay que concentrar los recursos en aquellas zonas donde haya más probabilidades de que ocurran ahogamientos”

Mientras Blasco conversa con este diario, le llegan notificaciones al móvil alertando de un nuevo siniestro. “Acaba de fallecer un hombre en Telde ,Gran Canaria”, lamenta el buzo. Así pasan los días y las víctimas aumentan sin que se delimiten responsabilidades o se tomen medidas concretas. Mientras tanto, hay circunstancias aún más preocupantes, como la huelga sostenida por los socorristas de la ciudad de Barcelona durante 27 días este verano.

«Los hombres somos más estúpidos que las mujeres en el agua. Nos creemos más valientes»

De ahí que Llorente, el superviviente mallorquín, se considere un privilegiado. Dice que tuvo mucha suerte para sobrevivir después de haber permanecido flotando durante varios minutos en la playa. Los socorristas lo reanimaron durante 20 minutos en la arena. Hoy reconoce sin tapujos la mala pasada que le jugó haberse confiado: “Los hombres somos más estúpidos que las mujeres en el agua. Nos creemos más valientes y ellas son más inteligentes. Yo paso mis días en el mar haciendo de todo y ese día no sé qué me pasó que me encontraron flotando en el agua a poca profundidad. El mar estaba picado y no recuerdo qué sucedió. Llevo toda la vida en el mar y jamás me había pasado algo parecido. Es muy peligroso bañarse en el mar picado. Ahora cuando lo veo así me da miedo”.

Como psicólogo, García señala que hombres apasionados del mar y buenos nadadores son un perfil común en este tipo de siniestros: “Esto tiene que ver con las conductas temerarias que desarrollan los hombres para verse más masculinos y valientes, termina siendo un rasgo implícito de la personalidad. El ser humano es terrestre y cuando está en el espacio aéreo o acuático las conductas temerarias son más sustantivas. El instinto de supervivencia nos haría detenernos ante el peligro, pero los hombres temerarios no lo ven. Llama la atención que la mayoría de las víctimas sean hombres mayores, que deberían ser más prudentes, pero quizás quieren demostrar que tienen la fuerza y la consistencia de cuando tenían 30 años”.


García recomienda tratar la temeridad con sumo cuidado y asistir a terapia si fuese necesario , porque suelen ser personas que están en contra o no valoran lo suficiente su propia vida. “Hay que revisar a estas personas para saber por qué se exponen así. Muchos llegan a consulta tras la presión de sus familiares, que le exigen, por ejemplo, no adelantar de manera brusca en la carretera. Los familiares de las víctimas mortales quedan muy tocados porque creen que podían haber hecho algo para impedir la tragedia, y rara vez reconocen las imprudencias que cometió su ser querido. Cuando alguien muere suele vérsele con cierto halo de santidad”.

Federico Oberti, un rescatista argentino de 38 años que trabaja en Ibiza, también señala la elevada frecuencia con que ve actitudes envalentonadas de bañistas hombres: “Hay cosas que prácticamente solo hacen los hombres en la playa. Veo cómo a diario se tiran desde lugares peligrosos, intentan nadar grandes distancias sin saber hacerlo o utilizan barcas para adentrarse en el mar sin las condiciones adecuadas. Los varones terminan asumiendo riesgos innecesarios para muchas veces demostrar algo o llamar la atención”.


En cuanto a los menores de edad (fallecieron 49 por ahogamiento en los primeros ocho meses de 2025), deben extremarse las medidas de prevención.
La OMS recomienda vigilar directamente a los menores de seis años y enseñarlos a nadar. También pide promover la “seguridad acuática”, un concepto en el que incluye mejorar la gestión del riesgo de inundaciones ,cumplir las normas de navegación o colocar barreras en las piscinas. La Policía Nacional va un paso más allá y especifica cuán celosos debemos ser al vigilar a los menores en áreas de baño. “Mira a tu peque cada 10 segundos como mínimo y a una distancia que puedas recorrer en 20 segundos como máximo, detalló la Policía en X a mediados del verano sobre lo que denominan “regla del 10/20”.

Otro problema radica en la incertidumbre con las cifras reales de ahogamientos, porque es prácticamente imposible contabilizar todas las personas que se ahogan en contextos en los que suelen intervenir muchos factores. “Tenemos un problema impresionante para acceder y cotejar los datos que dan las consejerías autonómicas, el Gobierno central u otras organizaciones públicas o privadas”, explica Blasco. “Muchas veces no se contabilizan como ahogamientos casos que sí lo son. Si alguien se diese un golpe y cayese al agua, un forense tiene que determinar de qué murió, o a veces se pierde el cuerpo y eso provoca que varíen las cifras de fallecidos. La Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo es una organización deportiva y tiene una capacidad limitada. El Gobierno central debería llevar un control más exhaustivo de estas muertes, como han hecho las autoridades de Canarias, porque no es sostenible que aquí haya más muertes por ahogamientos que por tráfico”.

Qué se puede hacer para que haya menos ahogados

La temeridad es lo que hace que el perfil del ahogado en España sea un varón de entre 40 y 55 años, detalla Blasco, aunque el rango etario con más víctimas en 2025 es el de 65 a 74 años. “Los hombres suelen practicar más deportes acuáticos, pesca submarina y pesca convencional, por eso se exponen más”, continúa Blasco. “Hay más hombres que mujeres saltando de lugares peligrosos. Creo que
debería existir un sistema que impidiera entrar borrachos o con niños pequeños a la playa. Los socorristas deberían tener más competencias administrativas para fiscalizar a las personas que cometen delitos en la playa. Todos entienden que soy un irresponsable si dejo a mi hijo solo en la carretera, pero no piensan lo mismo si lo dejo en la playa”.


Blasco considera que los socorristas tienen las manos atadas. Una persona que se mete al agua violando una bandera roja y no sale cuando se lo indica el socorrista, puede permanecer ahí hasta que llegue la policía, pero “no deberíamos llegar a tanto”. “El socorrista debería poder registrar e identificar a estos sujetos para que su informe y su trabajo en general tengan más validez. Ahora solo tiene dos alternativas: arriesgar su vida para salvar a alguien que ya alertó, o dejar que se ahogue. De ahí que debería crearse una tercera vía, dándoles la capacidad de fiscalizar lo que hacen las personas. De lo contrario caemos en batallas de bar y de relato sobre quién hizo qué, y esto es demasiado serio como para dejarlo a consideración de un bañista irresponsable que debería ser multado si no hace las cosas bien”.

El trabajo de los socorristas también se complica por ciertos esterotipos o creencias falsas que existen en torno a las víctimas de ahogamiento. Para empezar, generalmente no gritan ni piden auxilio con claridad y puede ser muy difícil diferenciar a una persona que flota a placer de otra que yace inconsciente sobre la superficie del agua. Ese escenario idílico, en el que alguien se ahoga y termina rescatado en segundos por un vigilante bronceado y fornido, viene de productos televisivos y cinematográficos como la serie Los vigilantes de la playa, que arrasó en audiencias durante los años 90.

Hay que cambiar muchas cosas en torno al baño recreativo en España, opina Blasco, porque el concepto que se maneja “apenas ha mutado desdelos años 70”. Los bañistas no tienen claro cuáles son los elementos de flotación homologados y algunos creen que pueden bañarse hasta la cadera con bandera roja. Otros entran en sitios que no están habilitados para el baño y, por ende, no cuentan con ningún tipo de vigilancia o sistema de protección. El gráfico anterior muestra los escenarios donde han ocurrido en 2025 las muertes por ahogamiento en España, destacando las playas.


“No hay una campaña sobre ahogamientos en la televisión como la de la DGT para los accidentes de tráfico y no está prohibido bañarse drogado”, lamenta Blasco. Hay que educar a la gente para que sepa que es muy fácil morir ahogado, y cómo funciona realmente el mar. Otra cosa es que en las escuelas no se enseña a brindar primeros auxilios, y eso es algo que podría ayudar a reducir las muertes por ahogamiento en hasta un 30%”. Por último, Blasco denuncia que el ratio de socorristas en España se calcula actualmente por la población de los municipios y en muchos no se tiene en cuenta la cantidad de turistas que llegan. “A veces los ayuntamientos son muy pequeños y no pueden asumir gastos grandes en ampliar la plantilla de socorristas. El socorrismo debería ser una profesión más valorada. Ni siquiera existe una regulación unificada de cómo se debe contratar o no a un socorrista. Las concesiones de las playas en España se hacen por concurso y siempre ganan las empresas que menos presupuesto demanden, por eso cobramos poco y no recibimos una adecuada formación. El resultado es un trabajador que está mal pagado, mal preparado y mal dotado de medios, porque no le van a poner la mejor moto y torre de playa a un tipo que se está jugando la vida por 1.200 euros al mes. Todo esto afecta al pobre señor que se está ahogando”.

© TITANIA COMPAÑÍA EDITORIAL, S.L. 2025. España. Todos los derechos reservados

accidentes, Patologías, Psicología

La oratoria y sus inhibiciones

El psicólogo Sergio García Soriano escribe un nuevo artículo para EFEsalud dentro de su serie “Psicología de la vida cotidiana”, que centra en la oratoria y el miedo a hablar en público

La oratoria y la dificultad para hablar en público es el tema que aborda el psicólogo Sergio García Soriano en un nuevo artículo dentro de la serie “Psicología de la vida cotidiana”.

La oratoria y sus inhibiciones

por Sergio García Soriano

El miedo a hablar en público o pánico escénico está relacionado con personas que tienen altas exigencias sobre sí y generan “inhibiciones” sobre su decir. Además de acudir a un psicoterapeuta, uno de los antídotos pasa por tener confianza y trabajar el tema.

Hay diversos mitos como pensar que hay que controlar las palabras con exactitud o que hay que dominar la puesta en escena o decir cosas interesantes poniendo el foco exclusivamente en el que habla.

Hoy sabemos que el orador tiene que disfrutar y haber trabajado el tema que quiere exponer y se tiene que dejar llevar por el contenido siguiendo la estructura propuesta y pudiendo improvisar en la misma.

La sensación de autenticidad se produce cuando el que habla se deja sorprender por lo que dice haciendo cada exposición ligeramente diferente a la anterior aunque sea similar propuesta.

Y el interés lo debe poner el público. No hay temas interesantes a priori sino que es un esfuerzo o posición a realizar desde el que escucha. Esta realidad permite relajar la comunicación quitando parte de la exigencia sobre el conferenciante.

Los grandes comunicadores aceptan esta consideración grabándose sus “clases” para luego escucharlas sabiendo que el sentido final del acto se realiza en el escuchante.

La oratoria está relacionada con la psiquis, no es solo cuestión de hablar fluidamente con “técnicas”, sino que nuestra autoestima y seguridad en nosotros y en el futuro están muy mezcladas a la hora de expresarnos.

Psicología y oratoria

“El discurso del rey”. película basada en hechos reales, aborda como el rey de Inglaterra acepta su “tartamudez” con la ayuda del “terapeuta del habla” y como llega a consolidarse como líder viendo la importancia de la comunicación efectiva en un momento de crisis social y política.

De igual manera, el cantante Miguel Bosé expone que perdió la voz cuando se perdió a sí mismo por problemas afectivos y cómo recuperándose emocionalmente ha podido volver a hablar al público y cantar.

Algunos de los ejercicios que se recuerdan para relajar al conferenciante es que imagine al público desnudo o que haga estrategias nemotécnicas de memorización.

Sin embargo, la realidad es que algunas de estas estrategias pueden distraer al ponente de su cometido: contar una historia.

Cuando se practica y uno cree en lo que dice se genera una automatización o naturalización del discurso necesaria para una buena transmisión. Cuando uno mejor cuenta una historia es cuando no se da cuenta de que la ha contado o la está contando.

EFEsalud, patología, Psicología, Salud mental

¿Pero por qué votan a la extrema derecha tantos jóvenes?

Primer mandamiento: “Ataca, ataca, ataca”

Segundo:  “No admitas nada y niega todo”

Tercero: “No importa lo que suceda, reclama la victoria y nunca aceptes la derrota”

Estos son las reglas que se exponen en Ángeles de América una función teatral estadounidense de 1991 que ha avanzado el lema de nuestros días de parte de la ultraderecha internacional.  ¿Pero cómo hemos llegado a esto?

Se pueden analizar varios elementos de lo sucedido. El sujeto psíquico se compone de masculino y femenino en cada uno de nosotros, nuestro fenotipo, expresividad, nuestras maneras conjugan esas dos formas, la acción y la receptividad y más allá del sujeto biológico dan un humano complejo y en combinación de caracteres. Aquellos participantes de la ultraderecha muestran una masculinidad muy marcada, parecen masculinos masculinos como si negasen una parte de la femeneididad consustancial a todo humano. Después en su discurso y en el género de sus dirigentes se palpa una ausencia de la mujer más allá de la madre y también ausencia de mujeres en las listas electorales.

Por otro lado, cuándo preguntan pero ¿por qué entre los chicos jóvenes tiene cierto éxito, es que no ha impregnado la escuela y su valores de tolerancia en esta generación? La extrema derecha está vendiendo “odio” al inmigrante y odio a una parte de nuestro propio país y eso es muy atractivo para un sector de la juventud que necesita líderes de opinión y sentirse integrados y la extrema derecha ha conseguido esto. Dan una expectativa para conquistar nuevas “tierras” y ponen el “honor” como bandera. Es probable que el gran calado que tiene sea entre una población que ya tenía el odio como emoción preferente antes de ellos y que ahora puede canalizar de una manera socialmente aceptable. Insultar o ridiculizar a Sánchez se ha convertido en ciertas poblaciones en una exposición de “hombría” que sirve como elemento socializador y genera pertenencia a un grupo. Pero ¿por qué odiaban antes de la extrema derecha? Lo que más odio produce es sentir que uno no va a poder mantenerse salarialmente en el mundo. Son personas que alguna vez pensaron que no iban a poder ganarse el sustento o el pan y eso ha producido en ellos ese odio, no es que solamente odien al extranjero o diferente, lo odian como síntoma de que ellos pensaron en que no podían mantenerse a sí mismos y ven como otros si lo hacen. Sin embargo, en vez de reflexionar sobre las deficiencias del sistema como argumento complejo buscan una cabeza de turco que les separe de ese sentimiento de no valía primero. Sentir  falta de amor  produce tristeza pero pensar que no seré capaz de ganarme el sustento produce “odio”.

Por otro lado, el sentimiento de “ser español” está muy presente de tal manera que es un sentimiento intensificado donde se confunde “ser franquista” con el sumun del sentimiento españolista. Cómo si hubiese diferentes grados de españolidad o cómo si sólo fuera un sentimiento ser español. Ser español es también pagar los impuestos en nuestro país y consumir en nuestro país, eso me alía con la población, con sus productos, con su manera de pensar. Si analizásemos a varios de esos grupos de jóvenes que espetan “con Franco se vivía mejor” podemos ver que el vínculo generalmente con el abuelo es fuerte aunque el abuelo ya no viva pero ellos han generado esa ligazón afectiva hacia su figura y más allá de esa aseveración que hacen no pueden desarrollar más argumentario. No obstante, sería legítimo exponer motivos o razones de un lado u otro pero lo interesante es que hay una idea de “volver al pasado” como si esto fuera posible, el siglo XXI tiene sus propios ciclos y estábamos en un mundo globalizado querer volver al pasado, querer regresar al proteccionismo o al feudalismo nos saca de la economía y de la idea de prosperidad que ha conseguido el capitalismo y la democracia. Querer regresar al pasado o  a la infancia de uno sería querer regresar a los brazos de la madre y la autoridad del padre del ordeno y mando, donde todas nuestras necesidades estaban cubiertas sin ser responsables pero no es lo que procede para ninguno de nosotros en pleno 2025.

El avance de los extremismos viene precedido de un fracaso del sistema que no pudo ilusionar y dar mejores opciones de futuro a nuestros jóvenes y éstos deciden romper el sistema desde dentro votando a la opción radical que posiblemente empeore la situación para jóvenes y la población general.

Por Sergio García, psicólogo.

democracia, política, sentimiento

Mitomanía, el trastorno psicológico que dice sufrir Frank Cuesta

“No tengo cáncer”, “nunca he rescatado animales”, “no soy veterinario”, confiesa el televisivo Frank Cuesta en un vídeo en sus redes sociales. Reconoce que todo ha sido parte de un “show” y que se le ha ido de las manos por sufrir “un grave problema de mitomanía y ego”. ¿En qué consiste este trastorno psicológico?

Frank Cuesta, que decía tener un santuario de animales rescatados en Tailandia y que se hizo famoso en televisión por ser un experto, dice ahora que ni es veterinario, ni herpetólogo (especializado en anfibios y reptiles) y que en realidad tenía una granja con animales comprados.

Pero también dice haber mentido sobre la supuesta leucemia que padecía y ahora asegura que es una mielodisplasia.

EFEsalud ha consultado con fuentes de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH) que explican que una mielodisplasia o un síndrome mielodisplásico es un cáncer sanguíneo que, además, puede tener el riesgo de evolucionar hacia una leucemia en el 10-20 % de los casos y que afecta a personas con una media de edad de 76 años.

Mentiras patológicas

Las falsedades reconocidas por el presentador del programa “Frank de la jungla” se deben, según apunta, a un problema de mitomanía, un trastorno psicológico que consiste en un “exceso de mentira patológica” y de narcisismo.

Lo explica Sergio García, portavoz del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid: “Esas mentiras son para conseguir algo, se creen su propio delirio”.

El psicólogo apunta a que, en muchas ocasiones, la mitomanía puede responder a mentir de forma compulsiva pero también puede perseguir un beneficio.

“En la literatura de la Psicología se recoge la relación del mentiroso compulsivo con una baja autoestima. Necesita decir mentiras para atraer la atención y la admiración sobre él”, indica el psicólogo.

Y esa baja autoestima no es incompatible con un alto ego: “El anverso y el reverso de la moneda tiene que ver con tener mucho ego y al mismo tiempo creerse inferior. No me creo importante y a partir de ahí elaboro un gran personaje para llamar la atención”.

Los mitómanos, en general, “son personas que están delirando y que nos hacen ver un personaje ególatra, que quiere ser el centro del mundo”.

Y además hay un componente de narcisismo al querer ser el centro de atención y “me invento una vida que no tengo”.

Este psicólogo sanitario pone como ejemplo de personaje histórico con mitomanía y narcisismo a Napoleón.

El especialista asegura que el afectado no suele reconocer que padece trastorno psicológico alguno y que es su entorno el que propicia que acuda a terapia.

Es necesario aplicar una terapia cognitiva para llegar a la raíz del problema: “Averiguar por qué ha necesitado elaborar un personaje ególatra para poder sobrevivir” y después conseguir que lo asuma, concluye Sergio García.

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Normalidad y felicidad

Uno de los temas frecuentes del ser humano es el querer “ser normal”. Sería feliz si pudiese…ser normal como los demás. Por ejemplo, tener una casa, ser heterosexual u homosexual, tener una pareja, casarme, un buen trabajo, que me guste el fútbol o la ópera, ser padre/madre… Son los conceptos normalidad y felicidad.

Es decir que ser una persona normal significa ajustarse a los estándares y expectativas establecidos socialmente.  Una conducta es normal cuando se mantiene dentro de la media que engloba al resto de la población. Por ello, tendríamos que introducir otros términos para sustituirla, como la palabra “habitual” para describir nuestro comportamiento, y de esa manera poder entender que lo habitual en términos estadísticos no debería de tener una connotación de normalidad.

Es muy claro con las enfermedades denominadas “raras” cuando lo que se quiere decir realmente es que son “minoritarias” en términos de la población que las padece. Y puede inducir a un etiquetamiento desacertado de la persona. O cuando en las Navidades o en determinados grupos mayoritariamente de gente joven se establece que se rebasen los límites de la ingesta de alcohol o que la ingesta de alcohol sea “normal” en el ocio nocturno. ¿Por qué es lo “normal” una conducta en contra de nuestra propia salud?

El concepto de normalidad puede ser perjudicial. Ya que se mal usa en ocasiones como medidor de lo qué es o no correcto según nuestro punto de vista o el punto de vista dominante. Cuando atribuimos a una persona, conducta o cosa la característica de anormal, suele ir acompañada de sesgos negativos que hacen que veamos como anómalo situaciones que no siempre lo son y a la inversa.

Y ocasionalmente lo anómalo o no, está relacionado con lo cultural o lo familiar. En Occidente es habitual vestirse de oscuro y estar triste en los entierros por la muerte, cuando el color blanco es muy usado en las zonas orientales como Japón, y se hace un homenaje al fallecido celebrando la vida. En Mauritania (África) se hace una fiesta en los divorcios y aquí suele ser un tema desagradable de gestionar y se puede convertir en tabú hablar de ello para no molestar a quien lo está pasando.

Por ello, tendríamos que saber que el ser humano es en transformación. En el sentido que tiene que acceder a una serie de normatividades culturales impuestas y luego tiene que aceptar y desechar aquellas que le potencien o dificulten.

Cuando queremos encorsetarnos en moldes de cómo tenemos que vivir, cómo tenemos que amar o cómo tenemos que ser felices, es posible que no vivamos una vida dichosa sino impostada.

A veces sentirnos marginales fuera de la norma, dispara las enfermedades mentales como las preguntas: ¿Pero por qué no puedo encajar en el grupo de clase? ¿Pero por qué no me dan “likes” a mis post de Instagram? ¿Pero por qué mi cuerpo no se ajusta a lo esperado y sí el de mis amigas/os?

Las distinciones entre los diferentes gustos o preferencias de las personas son buenas para conocernos mejor. A uno le gusta el fútbol, a otro el rugby y a otro el teatro, uno quiere desarrollar una formación profesional y otro una carrera universitaria.

Sin embargo, cuando nos comparamos con el otro, introducimos un elemento de competición donde establezco unos patrones de “presión”. “Quiero tener más coches, más sexo, más casas que él o ella y eso me hace mejor”. Apareció la envidia restándonos felicidad. La única comparación adecuada sería la de cada uno con respecto a sí mismo. Así estaba yo hace unos años y así estoy ahora.

También existe una idea falsa de que para ser feliz en la vida hay que llegar a una “paz mental”. Sin embargo, la vida es en conflicto, el crecimiento de las personas tiene que ver con poder tolerar ciertos conflictos con los demás y consigo mismo, y uno accede a la norma a veces, a través de una rebeldía hacia sus padres valedores de la normatividad o de las generaciones anteriores valedoras de lo que tradicionalmente ha generado felicidad.

Cada generación tiene que luchar por producir sus propias normatividades o reglas, ajenas a veces, a aquellas que tuvieron sus padres o abuelos. Ser familia numerosa, tener más de 4 hijos a principios del siglo XX se veía necesario para repoblar una mermada Europa después de dos guerras mundiales y tener mano de obra barata para cultivar la tierra y al mismo tiempo se veía en la alta reproducción un signo de virilidad en los varones y en ellas, la maternidad era concebida como un destino que otorgaba una identidad en la comunidad junto al matrimonio.

Resolver la cuestión para cada uno Normalidad/Felicidad aceptando las diferencias en los demás y en nosotros mismos ayuda a tener una vida más sana.

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Psicología de la vida cotidiana: Liderazgo, saber abandonar la función

El psicólogo Sergio García Soriano nos introduce en el liderazgo dentro de su serie “Psicología de la vida cotidiana”, y se centra en uno de los aspectos del liderazgo que denomina “Saber abandonar la función”.

Liderazgo, saber abandonar la función

Sergio García Soriano

“Si tu plan no contiene una estrategia de retirada o posterior al ataque…, con toda seguridad caerás prisionero.” (El arte de la guerra. Sun-Tzu)

Siempre nos han dicho que el líder es aquel que tiene “capacidades” para comunicarse de manera eficiente, sabiendo qué se quiere decir y modulando el lenguaje dependiendo del público al cuál se dirige.

Nos han dicho que el líder es aquel que tiene inteligencia emocional y empatiza con sus compañeros teniendo en cuenta la jerarquía que él puede representar.

Se nos ha dicho que él es el que define perfectamente metas y objetivos y que de esta claridad el grupo toma una dirección. Y sabiendo que todas estas características pueden estar presentes en un líder. A sabiendas que está atribución del liderazgo a veces se establece de manera informal, no es infrecuente que en un equipo de fútbol el “capitán” y el “líder” no coincidan. Uno designado por la jerarquía de la organización y otro por las ideas y las acciones que los demás han visto que defiende o que encarna.

Psicología: liderazgo

Sin embargo, cómo el líder piensa el final de su trabajo o de su proyecto hace también que se relacione con los demás de una manera diferente.

Cuando uno sabe cuando poner punto y final a su proyecto y no alarga innecesariamente la tarea entonces tiene una fuerza y una agilidad que no se la da la “formación universitaria o profesional de múltiples conocimientos”.

Ya que no es una cuestión de tener muchas ideas y la máxima formación, sino en qué pensamiento estoy. Tendríamos que respondernos a lo siguiente: ¿Enseño a los demás en el trabajo para que sean auto dependientes o prefiero sentirme útil y supervisar siempre los mismos detalles como en el inicio de la relación laboral?

Aunque no existe una guía para una decisión de estas características. El líder debe saber que en ocasiones está allí para iniciar proyectos nuevos y ponerlos en marcha, el aferrarse a ellos va a detener parte del proyecto y a sí mismo.

Hay que hacer un análisis de costes y beneficios y ver las circunstancias globales en las que uno está inmerso. Si nos pensamos parte de un engranaje más grande que nosotros en vez de pensar que somos insustituibles, será más fácil encontrar el momento de poner un punto final.

Aquí puedes ver otros artículos de la serie de Sergio García Soriano “Psicología de la vida cotidiana”.

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