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Autor: Sergio García Soriano

“Ahora me culpo menos”: cinco personas cuentan qué les ayudó a pasar una ruptura amorosa

De cada ruptura se puede aprender, así que hemos preguntado a varias personas por qué lecciones extraen de los adioses en su vida: dejar de considerar el fin de una relación como un fracaso o buscar una nueva afición, entre las cosas que aligeraron sus duelos “Salir con un géminis es un desastre” o por qué ni la autoayuda ni los astros solucionan nuestras relaciones fallidas

La pantalla del móvil se enciende para mostrar una notificación nueva. Lo coges rauda; llevas una hora en ascuas esperando que tu amiga terminara esa conversación tan importante que necesitaba tener con su pareja y para la que todos los pronósticos eran funestos. Lees el mensaje: lo han dejado. Suspiras porque sabes que tu amiga está sufriendo y, peor, que le espera un proceso de duelo en el que va a experimentar todas las inseguridades y miedos de su vida elevados al cuadrado. 

Las rupturas se sufren, incluso aunque haya habido un duelo durante la relación, pero hay formas de evitar que el fin de un vínculo amoroso termine con las personas exintegrantes de la pareja viviendo como si estuvieran en las primeras escenas de El diario de Bridget Jones. De cada ruptura se puede sacar un aprendizaje para que la próxima despedida sea más leve, así que hemos preguntado a varias personas por sus lecciones aprendidas tras romper una relación.

Azul (27 años) cuenta que vive las rupturas “con más tranquilidad” al haber eliminado la connotación de fracaso que acompaña a estos procesos, sabiendo que romper un vínculo amoroso no tiene por qué ser un adiós para siempre. A Brezo (28) le viene bien un primer periodo de contacto cero y después hablar con su expareja y saber cómo le va, dice que eso le ayuda a controlar su propia ansiedad e inseguridades. Ana (23) aprovecha el tiempo que se libera tras finalizar la relación para practicar alguna afición para la que antes no tenía hueco en su agenda. Y a Estrella (31), que prefiere no dar su nombre real, le ayuda ponerse de acuerdo con su expareja para gestionar los espacios comunes y aprovechar esos momentos en los que coinciden para chequear qué tal están y qué necesitan; un cuidado mutuo que aligera el duelo.

Sergio García Soriano, psicólogo especializado en relaciones de pareja, cuenta que muchas personas tienen interiorizado un guion de cómo debe ser una ruptura que puede ser “demasiado taxativo” y tener “mucha moralina”. “Tendemos a pensar en el daño y este se puede producir, pero no tiene por qué ocurrir siempre. Existen rupturas alegres donde hay espacio para el redescubrimiento de sí mismo y para agradecer lo aprendido con la otra persona”, asegura el especialista.

El fracaso

Una de las nociones comunes sobre las rupturas es cada vez que dos personas deciden separar sus caminos ha habido un fracaso, ya sea a la hora de elegir pareja o de cumplir los estándares de qué se supone que hay que ofrecer a la otra persona. “Las viejas normas nos dicen que si una relación ya no funciona es porque alguien ha debido de hacer algo mal, que tiene que haber une culpable, que tal vez hemos cometido un terrible error”, explica Dossie Easton, autora de Ética promiscua, en el prólogo de Rupturas y no monogamias. Causas, prevención y supervivencia, traducido al castellano este año por Continta me tienes.

A Azul la connotación de haber fallado en una relación le pesaba mucho a la hora de pasar el duelo tras la ruptura y desterrar esta idea le permitió llevar mejor el dolor tras la separación: “Ya no tengo esa sensación de no haber sido suficiente y me culpo menos”, cuenta. Como respondía la antropóloga Margaret Read al ser preguntada por los motivos del “fracaso” de sus tres matrimonios: esas relaciones no podían ser fallidas, alegaba la mujer, porque le aportaron buenos momentos en su vida.

“Es muy común en consulta que la gente venga con la palabra fracaso en la boca, pero no continuar con una relación que en ese momento no estaba produciendo felicidad no tiene por qué ser un fallo”, opina García Soriano. El psicólogo aboga por cambiar el paradigma y entender que “el fracaso habría sido no amar”, además de hacer el ejercicio de reconocer que en cada relación se aprende: “Somos historias de aprendizaje e historias de amores”.

Tendemos a pensar en el daño, y este se puede producir, pero no tiene por qué ocurrir siempre. Existen rupturas alegres donde hay espacio para el redescubrimiento y agradecer lo aprendido con la otra persona. Sergio García Soriano — psicólogo

Contacto cero ¿indefinido?

El contacto cero es una de las recetas más manidas para las rupturas. García Soriano lo recomienda “en ocasiones” para que “cada cual pueda reflexionar sobre lo que ha pasado”, pero no es necesario alargar el periodo de no comunicación ad infinitum. Brezo decidió romper todo contacto con su expareja al dejarlo y eso le sirvió para “rehacer” su vida, pero al poco tiempo se dio cuenta de que ese consejo, extendido indefinidamente, solo le provocaba ansiedad e inseguridades. 

“Cuando tenía 23 años rompí con un chico y me vino bien el contacto cero, pero tengo ansiedad y no saber nada de esa persona me acabó rayando”, relata la chica afirmando que se le despertaron “todos los traumas” con la ruptura. “Yo estaba en una muy mala etapa de mi vida y me volví obsesiva con si estaría saliendo con alguna persona nueva. Al mes de dejarlo di el paso de hablar con él directamente en vez de preguntar a amigos en común y me dijo que estaba viéndose con una chica con la que yo tenía muchas inseguridades. Esa información me dolió, pero que me lo explicitara y me tuviera en cuenta me ayudó a superar el duelo”, cuenta Brezo, que añade que saber que estaba saliendo con otra persona —aunque doliera— le calmó la culpa por haber dejado a su expareja.

Volverse a llevar: sí o no

Los malestares se acumulan en la relación de pareja entre Adèle y Emma hasta que una infidelidad hace estallar la situación y se rompe uno de los noviazgos más populares de la historia del cine de las últimas décadas. Un tiempo después de la ruptura, el personaje que da nombre a la película La vida de Adèle acude a una exposición de su expareja donde constata que, aunque ahora estén en buenos términos, ya no hay espacio para la una en la vida de la otra. Adèle sale de la exposición y camina hasta difuminarse en el fondo de la imagen. Se aleja así de la cámara y de Emma, poniendo el broche final a una relación que en la novela gráfica en la que se basa el filme se especifica que dura unos 13 años.

Mi ex me dijo que estaba viéndose con una chica con la que yo tenía muchas inseguridades. Esa información me dolió, pero que me lo explicitara y me tuviera en cuenta me ayudó. Brezo — 28 años

La mayoría de referentes culturales que tenemos muestran que la relación entre dos personas que dejan de ser pareja se diluye (o se trunca) y desaparece. Esta opción es la preferida por muchas personas, pero cuantas más posibilidades queden abiertas tras la ruptura, “más diseminado” puede quedar el duelo, explica el psicólogo García Soriano. Eso le pasa a Azul, que cuenta cómo dejar la monogamia le facilitó salir del ‘todo o nada’ relacional, y esa es una de las claves que le permiten afrontar las rupturas con más calma.

“Algo que me daba mucha pena en mis rupturas monógamas era saber que pierdes a la persona y que solo va a permanecer en el recuerdo, pero ya no tiene por qué ser así y eso me hace vivir el duelo de forma menos heavy”, cuenta Azul. Ahora, la escala de grises de la anarquía relacional le posibilita modificar una relación en vez de terminar en un contacto cero indefinido. Así le ha ocurrido con una ruptura que sufrió, tras seis años de relación, en abril de 2024: después de un proceso de duelo, ambas partes están retomando la relación “con la tranquilidad de no tener que cumplir una lista de expectativas [de pareja o expareja] determinadas, sino la lista que tú haces con esa persona”.

Transiciones cordiales

La relación de Senda (pseudónimo) con su expareja hacía aguas por todos lados en el momento en que cortaron en junio de 2022. Tras dos años y medio de relación, quedaba claro que Senda no estaba pudiendo cumplir las expectativas de pareja que tenía su entonces novia y la situación se hizo insostenible. La ruptura fue una “detonación controlada”, afirma Senda, porque ambas coincidían en que la relación no funcionaba “con esas conductas y esa intensidad”, pero tenían la intención de poder encontrar en un futuro la forma de volver a llevarse.

Cuatro meses después de romper empezaron a quedar para “procesar juntas” cómo había sido la relación y ponerse al día. Este contacto, que ayudó a Senda en su duelo, fue evolucionando con el tiempo y ahora, dos años después de la ruptura, ella y su expareja mantienen una relación “esporádica” en la que tienen “mucha confianza y cariño”. 

La terapeuta Kathy Labriola denomina a este tipo de rupturas “transiciones cordiales”. Esta forma de modificar la relación, que para algunas personas sonará tan ideal como irrealizable, “normalmente solo es posible si ambas partes se han comportado bastante bien antes de la ruptura y hay mucho respeto y confianza mutuos”, cuenta Labriola, autora también del ya citado Rupturas y no monogamias, a elDiario.es.

Otros intereses y relaciones

¿Quién no ha pasado alguna vez por esas rupturas que imposibilitan hablar de cualquier cosa que no sea el dolor por la pareja que ya no está? Y, ¿quién no se ha sentido sobrepasada o sobrepasado por una amistad doliente a la que parece que nada le ayuda? En estos casos y para ambas partes, García Soriano aconseja no repetir el discurso del duelo “a todas horas” con amistades y también pide a las personas del entorno que tengan cuidado en no etiquetar a alguien como “el que está en una situación de ruptura” porque esa persona es “muchas más cosas” además de su dolor.

Está bien que nos cuiden en un momento de ruptura, pero cuidar a otras personas o tener otras responsabilidades también puede hacer que sobrellevemos mejor el duelo por la pareja que ya no está. Esto le pasó a Estrella, que no se aisló socialmente después de romper con quien había sido su pareja durante tres años y medio. No es que pasara por alto el proceso que estaba atravesando, pero cuenta que sí mantenía su agenda de trabajo, activismo y amistades, y que esa combinación le ayudó a sobrellevar el sufrimiento de la ruptura. “En un momento de pérdida te puedes centrar en las otras cosas que hay en tu vida. Cuanta más vida creada, más apoyos y cosas que den sentido a tu vida tengas, mejor se llevan los duelos”, opina Estrella.

En un momento de pérdida te puedes centrar en las otras cosas que hay en tu vida. Cuanta más vida creada, más apoyos y cosas que le den sentido tengas, mejor se llevan los duelos. Estrella (pseudónimo) — 31 años

En este sentido, Azul cuenta que mantener otros vínculos significativos también le ha ayudado en rupturas. Si la persona con la que ya no te llevas era una parte de tu vida, pero no un todo, las rupturas se hacen más sencillas, explica, aunque recalca que eso no significa que dejen de doler porque “cada relación es diferente”.

Nuevas aficiones

Kathy Labriola considera que el autocuidado es la “primera y principal táctica” para abordar una ruptura. La terapeuta recomienda comer bien, dormir lo suficiente, hacer ejercicio y buscar el apoyo de amistades (y acudir a terapia en caso de que sea necesario). Muchas de las personas entrevistadas por Labriola para su libro relatan que nutrir otros aspectos de sus vidas, como pueden ser otras relaciones o aficiones para las que antes no tenían tiempo, son clave.

“Algo que me sirve mucho tanto en rupturas de pareja como de amistad es empezar un nuevo hobby cuando termino con una persona. Es una manera de decir ‘voy a transformar el tiempo que pasaba con esta persona o el dolor que tengo en una actividad que yo siempre haya querido hacer y no haya tenido tiempo para realizarla”, cuenta Ana. Pone como ejemplo una ruptura que vivió en pandemia, hace cuatro años: “Empecé a hacer tazas y ceniceros de cerámica. Era una forma de canalizar el dolor porque mientras moldeaba iba reflexionando cosas en torno a la ruptura, pero no me quedaba parada en el sillón llorando. Quería acompañar la tristeza de algo bonito que me ayudara a transitarla y que no se fuera todo pensar y reflexionar”, resume.

Cómo repartimos los espacios

En algunas rupturas se suceden situaciones espinosas en el plano social porque ninguna de las personas exintegrantes de la pareja quiere coincidir con la otra. En el peor de los casos, hay choques por qué espacios pertenecen a quién y qué amistades deberían quedar o dejar de quedar con cada cual. Sin embargo, gestionar los espacios y las situaciones de forma cordial puede venir bien durante el duelo porque sentirse cuidada por la otra persona “es necesario” a la hora de tener una “ruptura civilizada”, dice García Soriano, psicólogo especializado en relaciones de pareja.

En el caso de Estrella, tanto su expareja como ella compartían espacios de activismo que ninguno de los dos quería abandonar, aunque entendían “que una pudiera quedarse al margen durante un tiempo” y se chequeaban por si iban a coincidir en algún evento, siempre “desde el cariño”.

Empecé a hacer tazas y ceniceros de cerámica. Mientras moldeaba iba reflexionando cosas en torno a la ruptura, pero no me quedaba parada en el sillón llorando. Quería acompañar la tristeza de algo bonito que me ayudara. Ana — 23 años

Esa “intención de cuidar” ayudó mucho a Estrella tras la ruptura: “Tener una vía de comunicación y la intención de contarnos si íbamos a coincidir y preguntarnos qué necesitábamos me calmó mucho”, dice. Y cree que, si no hubiera sido así, se habría agobiado mucho o habría dejado de acudir a esos espacios comunes.

“Toda nuestra relación de pareja se había basado en una comunicación muy directa y honesta, y eso se trasladó a la situación de haberlo dejado”, resume Estrella. El trato cordial durante la ruptura y la gestión de espacios posterior ha permitido que ella y su expareja puedan compartir espacios sin problema y ahora tengan una buena relación como compañeros de militancia.

Psicología, Relaciones de pareja

Normalidad y felicidad

Uno de los temas frecuentes del ser humano es el querer “ser normal”. Sería feliz si pudiese…ser normal como los demás. Por ejemplo, tener una casa, ser heterosexual u homosexual, tener una pareja, casarme, un buen trabajo, que me guste el fútbol o la ópera, ser padre/madre… Son los conceptos normalidad y felicidad.

Es decir que ser una persona normal significa ajustarse a los estándares y expectativas establecidos socialmente.  Una conducta es normal cuando se mantiene dentro de la media que engloba al resto de la población. Por ello, tendríamos que introducir otros términos para sustituirla, como la palabra “habitual” para describir nuestro comportamiento, y de esa manera poder entender que lo habitual en términos estadísticos no debería de tener una connotación de normalidad.

Es muy claro con las enfermedades denominadas “raras” cuando lo que se quiere decir realmente es que son “minoritarias” en términos de la población que las padece. Y puede inducir a un etiquetamiento desacertado de la persona. O cuando en las Navidades o en determinados grupos mayoritariamente de gente joven se establece que se rebasen los límites de la ingesta de alcohol o que la ingesta de alcohol sea “normal” en el ocio nocturno. ¿Por qué es lo “normal” una conducta en contra de nuestra propia salud?

El concepto de normalidad puede ser perjudicial. Ya que se mal usa en ocasiones como medidor de lo qué es o no correcto según nuestro punto de vista o el punto de vista dominante. Cuando atribuimos a una persona, conducta o cosa la característica de anormal, suele ir acompañada de sesgos negativos que hacen que veamos como anómalo situaciones que no siempre lo son y a la inversa.

Y ocasionalmente lo anómalo o no, está relacionado con lo cultural o lo familiar. En Occidente es habitual vestirse de oscuro y estar triste en los entierros por la muerte, cuando el color blanco es muy usado en las zonas orientales como Japón, y se hace un homenaje al fallecido celebrando la vida. En Mauritania (África) se hace una fiesta en los divorcios y aquí suele ser un tema desagradable de gestionar y se puede convertir en tabú hablar de ello para no molestar a quien lo está pasando.

Por ello, tendríamos que saber que el ser humano es en transformación. En el sentido que tiene que acceder a una serie de normatividades culturales impuestas y luego tiene que aceptar y desechar aquellas que le potencien o dificulten.

Cuando queremos encorsetarnos en moldes de cómo tenemos que vivir, cómo tenemos que amar o cómo tenemos que ser felices, es posible que no vivamos una vida dichosa sino impostada.

A veces sentirnos marginales fuera de la norma, dispara las enfermedades mentales como las preguntas: ¿Pero por qué no puedo encajar en el grupo de clase? ¿Pero por qué no me dan “likes” a mis post de Instagram? ¿Pero por qué mi cuerpo no se ajusta a lo esperado y sí el de mis amigas/os?

Las distinciones entre los diferentes gustos o preferencias de las personas son buenas para conocernos mejor. A uno le gusta el fútbol, a otro el rugby y a otro el teatro, uno quiere desarrollar una formación profesional y otro una carrera universitaria.

Sin embargo, cuando nos comparamos con el otro, introducimos un elemento de competición donde establezco unos patrones de “presión”. “Quiero tener más coches, más sexo, más casas que él o ella y eso me hace mejor”. Apareció la envidia restándonos felicidad. La única comparación adecuada sería la de cada uno con respecto a sí mismo. Así estaba yo hace unos años y así estoy ahora.

También existe una idea falsa de que para ser feliz en la vida hay que llegar a una “paz mental”. Sin embargo, la vida es en conflicto, el crecimiento de las personas tiene que ver con poder tolerar ciertos conflictos con los demás y consigo mismo, y uno accede a la norma a veces, a través de una rebeldía hacia sus padres valedores de la normatividad o de las generaciones anteriores valedoras de lo que tradicionalmente ha generado felicidad.

Cada generación tiene que luchar por producir sus propias normatividades o reglas, ajenas a veces, a aquellas que tuvieron sus padres o abuelos. Ser familia numerosa, tener más de 4 hijos a principios del siglo XX se veía necesario para repoblar una mermada Europa después de dos guerras mundiales y tener mano de obra barata para cultivar la tierra y al mismo tiempo se veía en la alta reproducción un signo de virilidad en los varones y en ellas, la maternidad era concebida como un destino que otorgaba una identidad en la comunidad junto al matrimonio.

Resolver la cuestión para cada uno Normalidad/Felicidad aceptando las diferencias en los demás y en nosotros mismos ayuda a tener una vida más sana.

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Psicología de la vida cotidiana: Liderazgo, saber abandonar la función

El psicólogo Sergio García Soriano nos introduce en el liderazgo dentro de su serie “Psicología de la vida cotidiana”, y se centra en uno de los aspectos del liderazgo que denomina “Saber abandonar la función”.

Liderazgo, saber abandonar la función

Sergio García Soriano

“Si tu plan no contiene una estrategia de retirada o posterior al ataque…, con toda seguridad caerás prisionero.” (El arte de la guerra. Sun-Tzu)

Siempre nos han dicho que el líder es aquel que tiene “capacidades” para comunicarse de manera eficiente, sabiendo qué se quiere decir y modulando el lenguaje dependiendo del público al cuál se dirige.

Nos han dicho que el líder es aquel que tiene inteligencia emocional y empatiza con sus compañeros teniendo en cuenta la jerarquía que él puede representar.

Se nos ha dicho que él es el que define perfectamente metas y objetivos y que de esta claridad el grupo toma una dirección. Y sabiendo que todas estas características pueden estar presentes en un líder. A sabiendas que está atribución del liderazgo a veces se establece de manera informal, no es infrecuente que en un equipo de fútbol el “capitán” y el “líder” no coincidan. Uno designado por la jerarquía de la organización y otro por las ideas y las acciones que los demás han visto que defiende o que encarna.

Psicología: liderazgo

Sin embargo, cómo el líder piensa el final de su trabajo o de su proyecto hace también que se relacione con los demás de una manera diferente.

Cuando uno sabe cuando poner punto y final a su proyecto y no alarga innecesariamente la tarea entonces tiene una fuerza y una agilidad que no se la da la “formación universitaria o profesional de múltiples conocimientos”.

Ya que no es una cuestión de tener muchas ideas y la máxima formación, sino en qué pensamiento estoy. Tendríamos que respondernos a lo siguiente: ¿Enseño a los demás en el trabajo para que sean auto dependientes o prefiero sentirme útil y supervisar siempre los mismos detalles como en el inicio de la relación laboral?

Aunque no existe una guía para una decisión de estas características. El líder debe saber que en ocasiones está allí para iniciar proyectos nuevos y ponerlos en marcha, el aferrarse a ellos va a detener parte del proyecto y a sí mismo.

Hay que hacer un análisis de costes y beneficios y ver las circunstancias globales en las que uno está inmerso. Si nos pensamos parte de un engranaje más grande que nosotros en vez de pensar que somos insustituibles, será más fácil encontrar el momento de poner un punto final.

Aquí puedes ver otros artículos de la serie de Sergio García Soriano “Psicología de la vida cotidiana”.

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El síndrome del impostor/a

El síndrome del impostor/a o fenómeno del impostor/a es un cuadro psicológico en el que las personas que lo padecen tienen un miedo recurrente de ser descubierto como un fraude y no consiguen interiorizar sus logros profesionales o personales.

No es un trastorno mental reconocido, y por ende no se encuentra en el DSM.

Subtipos del síndrome

Los perfeccionistas: metas muy altas y cuando se consiguen no son suficientes. Siempre hay una objeción después de haber logrado un objetivo difícil.

Los individualistas: muestran una gran autosuficiencia, parecen seguros pero sin embargo, no levantan la mano en clase o no piden ayuda a compañeros porque piensan que eso romperá la idea de valía que tienen los demás sobre ellos.

Los expertos: piensan que en la selección de personal que hicieron para llegar a la empresa aumentaron su curriculum y que se equivocaron eligiéndolos. Ahora serán descubiertos y echados del trabajo.

Los genios naturales: su inteligencia es natural y miden su fluidez al hablar y a la hora de su desarrollo profesional. Si no aciertan a la primera, se enfadan.

Los superhumanos: su mayor obsesión es dar la “talla”, casi siempre centrados en lo laboral pudiendo descuidar su salud mental.

Algunas de las causas podrían ser las comparativas percibidas dentro de su familia de origen de tal manera que están repitiendo un patrón de hermano menor que no sabe o de hermano mayor autoexigido.

Y a pesar de las pruebas de su valía profesional o personal, siguen minimizando y pensado que ha sido cuestión de suerte o que los demás son más inteligentes que ellos y con más competencias.

Síndrome del impostor, más en mujeres que en hombres

El síndrome del impostor es más común en mujeres que en hombres y algunas de las recomendaciones que damos para solucionarlo serían:

  • Ir a un psicólogo.
  • Leer el propio curriculum cuando se tengan inseguridades.
  • Reconocer la valía de los demás sin sentirse inferior por ello. Estar entre buenos profesionales habla bien de nosotros y no a la inversa.

Se ha descrito un “ciclo del impostor” donde se pasa de una seguridad previa a una inseguridad a partir de la asignación de las tareas a realizar. Siendo necesario centrarse en las evidencias y en lo concreto para no desarrollar más este sentimiento de ser un fraude.

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¿Qué tiene de cierta la expresión «me han roto el corazón»?

Este miércoles (14 de febrero) ha sido San Valentín, y nosotros creemos que celebrar el amor es siempre buena idea. Ya sea amor de pareja, amor fraternal, amistad o amor por los animales, todas son formas de amar diferentes, pero igual de válidas, aunque a veces nos pasen por alto.

Sin embargo, algunas fechas señaladas parecen haberse diseñado exclusivamente para celebrar el amor romántico. Esto hace que gran parte de la población se sienta excluida de la festividad, y si estás pasando por un proceso de ruptura o pérdida, aún más.

Los corazones rotos también son habituales en estas fechas. Es probable que tú también hayas dicho alguna vez: “¡Me han roto el corazón!”, refiriéndote a un estado de tristeza que parece acapararlo todo. Pero, ¿y si te decimos que esta expresión se fundamenta en un síndrome real (que, además, tiene que ver con situaciones de estrés inesperadas, como puede ser una ruptura de pareja)? ¡Te lo explicamos!

El síndrome del corazón roto

Hablamos del síndrome de Tako-Tsubo, una patología conocida popularmente como síndrome del corazón roto. Es una enfermedad cardíaca poco frecuente caracterizada por la aparición de insuficiencia cardíaca aguda después de una situación estresante inesperada, sea emocional o física, como por ejemplo, una muerte inesperada, una pérdida económica muy grande, una caída sin poder levantarse durante mucho tiempo o una crisis asmática. Este pico de estrés causa la liberación masiva de adrenalina, que puede dañar temporalmente el corazón de algunas personas.

La patología se presenta de forma similar a un infarto, pero existe una diferencia sustancial: en un infarto, hay una arteria que se bloquea totalmente o casi totalmente, y en el caso del síndrome de Tako-Tsubo, las arterias no están obstruidas. El grupo más afectado son las mujeres posmenopáusicas entre 60 y 75 años que están sanas y sufren un episodio de gran estrés; sin embargo, se desconoce por qué es tan frecuente en ese grupo.

La patología recibe ese nombre porque el ventrículo izquierdo del corazón adopta una forma parecida a un tako-tsubo (en japonés tako significa «pulpo» y tsubo, «recipiente»), una trampa para pulpos que se utilizaba en Japón.

Como ya explicamos, el síndrome del corazón roto es una situación temporal y las alteraciones son reversibles. De hecho, algunos estudios afirman que la reversión es completa y que la recuperación se da sin necesidad de aplicar un tratamiento. Sea como fuere, si sospechas que tienes algún problema en el corazón, ¡lo mejor será consultar a un profesional!

No hay medias naranjas: tú ya eres la pera

En el libro El banquete o El simposio, Platón habla del amor y transmite una idea que seguro que todos conocéis: “El hombre primigenio era redondo (…) y teníamos 8 extremidades y 2 cerebros, y fuimos divididos por los Dioses. Así que nos pasamos la vida intentando encontrar esta otra mitad”, explicaba Edith Hall, profesora del Departamento de Clásicos e Historia Antigua de la Universidad de Durham (Reino Unido), en un capítulo de Historia de las ideasun podcast de la BBC (minuto 2).

La idea que se desprende de ese mito es que estamos condenados a vivir toda la vida tratando de encontrar nuestra otra mitad (literalmente), la famosa media naranja. Pero esta historia nos da a entender que no se concibe el éxito sin ir acompañado de una relación sentimental satisfactoria y que, por tanto, las personas solteras nunca podrán alcanzar una vida completa.

Esto se trata de una idealización o una falsa creencia de lo que es o debería ser una relación de pareja. Estas creencias propagan conductas de control, posesión, manipulación y aislamiento. «Es una fantasía pensar que se puede encontrar la media naranja«, explica a Verificat Sergio García Soriano, psicólogo, psicoterapeuta y miembro del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.

Buscamos «perfiles que nos complementen, y aquí nos equivocamos porque no hay complemento posible, sino que hay que conocerse ya partir de ahí se va produciendo (…) el conocimiento íntimo a nivel personal, a nivel intelectual», añade. “Deberíamos pensar que, por un lado, somos naranjas completas, y por otro, somos naranjas carentes”. Esto quiere decir que «lo que necesitamos está fuera de nosotros en muchísimas ocasiones: tenemos que salir a buscarlo y saber que hay una carencia, pero no tiene que ver con la media naranja».

Si el mito fuera cierto, “podríamos pensar que deberíamos escrutar muchas posibles medias naranjas, y entonces deberíamos realizar una búsqueda muy amplia. (…) [Pero] la gente se empareja con personas del mismo municipio, de la misma calle, es decir, que hay una proximidad [física] y a partir de ahí surge”. Por tanto, concluye García Soriano, “es un mito romántico“.

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Psicología de la vida cotidiana: microrracismos

En un nuevo artículo de su serie “Psicología de la vida cotidiana”, el psicólogo Sergio García Soriano analiza los microrracismos.

Los microrracismos son comportamientos sutiles que manifiestan discriminación por motivos étnicos. Se suelen dar en personas que a pesar de manifestarse contrarios al racismo, de manera automática les parecen expresiones donde mantienen un tipo de racismo de manera poco intensa.

Esto es un reducto en nuestra manera de pensar donde estaría interiorizado un tipo de supremacismo donde un origen étnico es mejor que otros y expresarían un prejuicio no asumido por la persona.

Veamos algunos ejemplos de microrracismos

1) Ir en el metro o en el bus y cambiarse de asiento por el color de piel de la persona que acaba de ocupar el asiento libre junto al nuestro. De la misma manera, aparece una persona de etnia gitana o negra y automáticamente tocamos nuestro bolso o cartera comprobando que nuestras pertenencias están a salvo.

2) Al dar un servicio, pensar que una persona de otro origen étnico al predominante, no puede pagar el servicio.

3) Pensar “trabajo como un negro para vivir como un blanco”.

4) Preguntar varias veces a los estudiantes negros siendo el profesor, si han entendido la clase.

5) Decir voy a un “chino” en vez de decir voy a un bazar. Ya que tomamos el origen étnico como lo manifiesto frente al lugar donde podemos comprar.

6) Decir me han engañado como a un chino. Asumiendo que un chino es sinónimo de tonto.

7) Afirmar “no soy racista tengo varios amigos negros”.

8) Asumir que una persona es extranjera solo por su aspecto físico. Muchos nietos de inmigrantes tienen que responder frecuentemente a: “pero ¿de dónde eres? o ¿de dónde vienes realmente?

Sin darnos cuenta desde la infancia estamos viendo películas infantiles y guiones juveniles donde se asocia lo bueno con lo claro y lo malo con lo oscuro (ejemplo El rey León).

Los de piel morena o tez oscura suelen ser los malos o los sospechosos y además tienen una diferencia en el acento (les tomamos como extranjeros).

De tal manera que asumimos ciertos códigos “microrracistas” también en nuestra vida que aunque la educación nos intente ilustrar o corregir, pueden ser muy perseverantes y de difícil modificación, ya que nos han dado un sentimiento de pertenencia frente al otro.

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