Ir al contenido principal

Etiqueta: Emociones

El reto de afrontar las Navidades en soledad

«Sentir angustia es una señal de que hay que hacer cambios en la vida»

La Navidad es un momento del año especialmente emotivo para casi todas las personas. Está llena de recuerdos y son fechas, en principio, para pasarlas en familia, con las personas que queremos. Sin embargo, a veces -por circunstancias de la vida- eso no es posible, y hay personas que se ven obligadas a afrontar una Navidad en soledad, bien porque viven lejos de su país o porque quizá no tienen a nadie cerca. La soledad es uno de los problemas a los que nos enfrentamos en una sociedad cada vez más digitalizada y global. Tanto es así que en 2018, el Reino Unido fue pionero en crear una Secretaría de Estado llamada ‘Ministerio de la Soledad’ para abordar, precisamente, la soledad y el aislamiento social, que afectan a millones de personas en el país.

Si tú eres una de esas personas, hay esperanza. Como señalan los psicólogos, es muy posible que si en estas fechas no puedes reunirte con los tuyos aparezcan sentimientos de soledad, nostalgia e incluso culpa. «Son días que nos remueven porque nos recuerdan momentos compartidos, gestos repetidos año tras año y esa sensación de hogar que todos tenemos muy presente. Cuando no podemos vivirlo igual, lo notamos más. No es un signo de debilidad, simplemente es una reacción natural ante una fecha en la que el corazón toma protagonismo», explica a la web de Informativos Telecinco Yolanda Romero, psicóloga y directora técnica de ICEPS (Instituto Clínico de Psicología Infantil y del Adolescente).

¿Qué podemos hacer, entonces? Como ella sugiere, lo mejor es no negar lo que sentimos y permitirnos vivirlo con calma. «Una videollamada, una llamada o un mensaje que nos acerque un poco a nuestra familia puede reconfortar. Y también es importante hacer algún plan que nos dé calidez allí donde estemos: quedar con un amigo, compartir un rato con algún vecino, invitar a alguien que se encuentre en circunstancias parecidas, preparar algo especial para nosotros o salir a disfrutar de algún plan fuera de casa. Son pequeños gestos que alivian y que nos hacen sentir un poco más acompañados. Sentir más no es un problema. Es lo habitual en una fecha que toca nuestra parte más profunda».

Para el psicólogo Sergio García Soriano, lo más importante es aceptar la realidad y también reflexionar en qué nos está causando malestar. «Si me encuentro mal, el problema no es la Navidad, es que hay algo en mi vida que no me gusta y en la Navidad florece o se manifiesta, podría estar contento porque se ha producido una señal de angustia que me tiene que llevar a hacer cambios en mi vida».

En estos casos, lo mejor es buscar un plan alternativo, algo que nos aporte ilusión. Se puede planear algo sencillo, desde un paseo o acercarnos a algún espacio donde haya más gente. Yolanda Romero aconseja, por ejemplo, preparar algo especial para nosotros como crear un pequeño ritual propio compartir un café con alguien que también esté solo puede aliviar ese peso. «No se trata de forzar la alegría, sino de acompañarnos con cariño».

«La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño»

Afrontar la Navidad tras una pérdida

Durante estas fechas, las consultas más habituales que suelen recibir los psicólogos son síntomas de ansiedad anticipatoria por los rechazos o desafectos que se producen generalmente con la familia política y el nivel de exigencia o perfeccionismo de algunos familiares por ser anfitriones o por acertar con los detalles. También es común, el recuerdo a los fallecidos y el sentir «la silla vacía» sin esas presencias, que pueden dar lugar a tristeza o manifestaciones de la depresión si esto es mantenido en el tiempo. No hay que olvidar que las Navidades son un carrusel de emociones, sobre todo, para aquellos que han perdido a personas importantes.

Afrontar un duelo en Navidad es muy complicado, de hecho, hay incluso personas que no la pueden celebrar por la tristeza que les supone. «En estos casos no se trata de esforzarnos por estar bien, sino de permitirnos sentir sin presionarnos. A veces ayuda mantener un pequeño gesto que nos conecte con esa persona, una vela, una receta, una canción o compartir un rato con alguien cuando nos apetezca. También puede ayudar planear algo sencillo para el día: salir a caminar, visitar un lugar tranquilo, preparar una comida especial o ver a alguien de confianza. Son acciones pequeñas, pero suelen aliviar», aconseja Yolanda

«En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad»

El duelo en Navidad

Pero, ¿qué ocurre si el peso es demasiado grande? Entonces, lo mejor es hablarlo con un profesional o con alguien que nos escuche de verdad. «En el duelo no hay formas correctas, solo maneras honestas de atravesarlo, especialmente en Navidad». Si por ejemplo nuestros padres acaban de fallecer, no se recomienda celebrar la Navidad en ese lugar, siempre aceptando que la tristeza va a ser nuestra compañera de viaje toda la vida, y, más especialmente, en los días señalados de nuestro calendario. Por su parte, el psicólogo Sergio García recomienda hacer nuestro pequeño homenaje a nuestro ser querido.

Si, por el contrario, conocemos a alguien que lo está pasando mal en estas fechas, también podemos ayudar. El consejo es claro: no hace falta hablar demasiado, a veces con una presencia tranquila es suficiente. «La Navidad remueve mucho, y acompañar sin prisa ni exigencias suele ser el mayor gesto de cuidado. Ayuda preguntar qué necesita, sin imponer nada y respetando su ritmo. Y es importante evitar frases como “tienes que animarte”, porque en estas fechas esos mensajes pueden hacer que la persona se sienta aún más incomprendida. La ayuda más valiosa suele ser la más simple, estar, escuchar y mostrar cariño. En Navidad, un gesto así puede aliviar más de lo que imaginamos», subraya Yolanda Romero.

Emociones, navidad, Psicología, soledad

No conviene ser amigos de nuestros hijos

Matthew McConaughey ha hablado sobre la relación con sus hijos, Levi, Vida y Livingston, fruto de su relación con Camila Alves, con quien lleva casi 20 años. Lo ha hecho durante la presentación de la última película que protagoniza, Laberinto en llamas, dirigida por Paul Greengrass. Levi (17 años), su hijo mayor, forma parte del reparto de la película, por lo que el oscarizado actor ha aprovechado para hablar de su paternidad y acerca de cómo es la relación que mantiene con él y con sus otros dos hijos.

«Como padre, siempre pensé que había dos etapas: primero eres el padre, y luego, con suerte, te conviertes en amigo. Sin embargo, ahora que mis hijos son adolescentes, me he dado cuenta de que en realidad hay un papel intermedio, un puente entre esos dos, y es el de ser su hermano mayor”, comentaba. “Por eso, aunque sigo ejerciendo de padre, muchas veces me encuentro escuchando algo que les preocupa y, en lugar de darles una lección, me siento con ellos, les pongo una mano en la espalda y les digo: A mí también me pasó«. Esa interacción les ayuda a entender, según manifiesta McConaughey, “que el mundo no gira solo en torno a ellos, que no son los únicos con ese problema”.

Aunque sigo ejerciendo de padre, muchas veces me encuentro escuchando algo que les preocupa y, en lugar de darles una lección, me siento con ellos, les pongo una mano en la espalda y les digo: «A mí también me pasó».

Matthew McConaughey, actor y padre de tres hijos adolescentes

Sus palabras dan lugar a reflexionar acerca de cómo ha de ser la relación entre un padre o una madre y sus hijos, puesto que muchos creen (como él mismo lo creía en un primer momento) que lo más adecuado es ser amigos, establecer una relación de amistad. ¿Pero realmente es así? ¿O es preferible marcar cierta distancia?

Se lo hemos preguntado a Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta (www.psicologosergiogarcia.com) y miembro del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Lo que nos responde, partiendo de la base de que las palabras del actor Matthew McConaughey son las de un padre hablando sobre su hijo y, por lo tanto, son respetables, es que “no conviene ser amigos de nuestros hijos”.

Eso no implica que los padres no puedan ser amistosos con ellos. “Una cosa es que uno pueda ser amistoso, pero otra cosa es que uno no se dé cuenta de que cumple una función, sobre todo, en el desarrollo del niño y del adolescente”, explica. “Es decir, que son relaciones diferentes y, por lo tanto, cuando uno es padre o cuando uno es madre, tiene que aplicar una serie de conocimientos y una serie de códigos que, pudiendo ser flexibles, implican otra responsabilidad e implican otra figura”.

La relación entre padre e hijo en cada etapa evolutiva: factores a tener en cuenta

“El papel de padres y el papel de amigos es diferente y hay que tenerlo muy claro durante todas las etapas evolutivas del niño”, subraya el psicólogo. Durante la infancia, el papel fundamental del padre y de la madre es el de proteger y supervisar, el de poner normas y límites. “Tengo que tomar en cuenta a mi hijo, pero al mismo tiempo tengo que ser quien aplique las consecuencias y tengo que hacer un visionado de su vida para poder ofrecerle estrategias y, claro, no soy su amigo porque al mismo tiempo también puedo ser su censor, ya que le tengo que poner límites”, aclara. “En una primera infancia, adolescencia y juventud, el hijo necesita un padre que limita y, a partir de ahí, no se pueden establecer las relaciones de amistad”.

El papel de padres y el papel de amigos es diferente y hay que tenerlo muy claro durante todas las etapas evolutivas del niño

Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta

Sergio García Soriano puntualiza que esa relación cambia (o debería cambiar) cuando el hijo llega a la mayoría de edad. “Ahí ya el visionado de la vida de mi hijo tiene que ser respetuoso y no le puedo limitar, sino que tengo que tener generosidad con sus puntos de vista”. Puntualiza, eso sí, que no se trata exactamente de una amistad, sino de “un apoyo férreo y, entre comillas, incondicional, frente a las cuitas de la nueva vida de mayoría de edad”.

En cuanto a las declaraciones de Matthew McConaughey acerca de que ejerce, en cierto modo, de hermano mayor de sus hijos, el psicólogo considera que se trata de “un posicionamiento sano frente a la vida de sus hijos” cuando estos son ya mayores . “Yo a eso no lo llamaría amistad, lo llamaría una relación sana con nuestros hijos, sin juzgarles y promoviendo y apoyando sus iniciativas o su toma de decisiones”.

¿Cómo es una relación sana entre padre e hijo?

“Una relación sana es cuando mi hijo tiene problemas y puede consultármelos, puede hablar conmigo o, aún no pudiendo hablar conmigo, sabe que, si me lo cuenta, no voy a ser autoritario con él o no voy a ser con él una persona que juzgue”. Teniendo esto en cuenta, el psicólogo hace hincapié en que en la adolescencia se necesita más un padre que esté ahí.

“Y eso no se improvisa. Eso tiene que ver con que, a lo largo de la vida del niño, del adolescente y ahora del joven, uno ha hecho lo que tenía que hacer y es estar ahí, que sufragarle los gastos necesarios hasta poder llegar a la juventud, es tener la comunicación necesaria hasta llegar a esa juventud. Y eso tiene que ver con haber pasado horas con ellos, haber tenido tiempo de calidad, haber sabido cuáles son los gustos y las necesidades de nuestros hijos…”.

En una primera infancia, adolescencia y juventud, el hijo necesita un padre que limita y, a partir de ahí, no se pueden establecer las relaciones de amistad

Sergio García Soriano, psicólogo y psicoterapeuta

El psicólogo añade que es importante también ponernos “un poco por detrás”, es decir, no tener ego, puesto que eso puede contaminar la relación con el hijo, “de tal manera que, cuando me cuentan algo, no contesto como padre, sino que esas heridas emocionales que yo tengo o tenía se las he generalizado a mis hijos”.

“¿Qué es ser padre?”, se cuestiona García Soriano. Ser padre es “haber sabido limitar cuáles eran mis problemáticas personales para poder escuchar y atender cuáles son las problemáticas y necesidades de mis hijos a lo largo de la evolución y de sus fases de crecimiento”. En este sentido, ejercer como padre, dice, “en ocasiones es poder hablar con ellos de los temas en concreto y otras veces sin necesidad de hablar con ellos, ellos saben que yo estoy ahí porque he cumplido a lo largo de esa evolución”.

Emociones, Familia, Hij@s, Psicología

Perfil victimista, la cultura de la queja

Hay víctimas, aquellas que han sufrido un daño objetivo y otras con “rol de víctima”, de perfil victimista, que se atribuyen una ofensa y organizan la propia vida en torno a este rol social.

Con el victimismo, se busca el reconocimiento social desde un estilo de de atribución externo que se sustenta en el siguiente pensamiento: “Yo soy la víctima y tengo la razón, vuestro dolor o vuestro punto de vista es inferior al mío”.

De tal manera que estas personas se sienten con el derecho de comportarse de forma agresiva y egoísta puesto que, según ellos, su alto sufrimiento justifica cualquier acto.

¿Cuál es el perfil de una persona victimista?

  1. Personalidad ansiosa que fomentan alta vigilancia hacia el entorno, aunque tengan una baja empatía hacia los demás.
  2. Muestran una baja autocrítica hacia sí mismos y, sin embargo, se muestran intolerantes con los errores de los demás.
  3. Pesimismo. Tienden a exagerar los aspectos negativos y generan un malestar familiar o del entorno por ello, obviando puntos de vista más complejos de la realidad. Entran dentro del esquema maniqueo bueno/malo. Y enlazan con el planteamiento de que la víctima es siempre la buena y existe un halo de superioridad moral del que participan.
  4. Rencor. Aquellas personas que presentan el rol de víctima, tienen varios sentimientos dañinos acumulados de ira y agresividad. Pueden emitir expresiones de desprecio a intolerancia hacia la integridad física y moral de otras personas a las que ella puede considerar culpables por alguna razón.
  5. Tendentes a buscar culpables y con actitud de desconfianza. Pueden generar un trastorno paranoide de la persona en casos graves.
  6. Rumian sobre el pasado. La ofensa percibida está frecuentemente en su mente y en su decir, aunque esta haya sido producida hace años o décadas.

Nuestra sociedad premia discursos cerrados y muy entendibles, sin flecos donde se marque claramente lo protagónico/antagónico.

Los victimistas cuentan detalles íntimos muy llamativos y enarbolan un daño moral muy manifiesto.

La psicoterapia cuestionará esa manera que tuvo la persona de perfil victimista de hacerse a sí mismo para poder cambiar esa herida percibida por una actitud de apología por el otro, donde las necesidades de los demás formen parte también de los propios argumentos de la vida.

Actitudes, Ansiedad, EFEsalud, Emociones, Pesimismo

Normalidad y felicidad

Uno de los temas frecuentes del ser humano es el querer “ser normal”. Sería feliz si pudiese…ser normal como los demás. Por ejemplo, tener una casa, ser heterosexual u homosexual, tener una pareja, casarme, un buen trabajo, que me guste el fútbol o la ópera, ser padre/madre… Son los conceptos normalidad y felicidad.

Es decir que ser una persona normal significa ajustarse a los estándares y expectativas establecidos socialmente.  Una conducta es normal cuando se mantiene dentro de la media que engloba al resto de la población. Por ello, tendríamos que introducir otros términos para sustituirla, como la palabra “habitual” para describir nuestro comportamiento, y de esa manera poder entender que lo habitual en términos estadísticos no debería de tener una connotación de normalidad.

Es muy claro con las enfermedades denominadas “raras” cuando lo que se quiere decir realmente es que son “minoritarias” en términos de la población que las padece. Y puede inducir a un etiquetamiento desacertado de la persona. O cuando en las Navidades o en determinados grupos mayoritariamente de gente joven se establece que se rebasen los límites de la ingesta de alcohol o que la ingesta de alcohol sea “normal” en el ocio nocturno. ¿Por qué es lo “normal” una conducta en contra de nuestra propia salud?

El concepto de normalidad puede ser perjudicial. Ya que se mal usa en ocasiones como medidor de lo qué es o no correcto según nuestro punto de vista o el punto de vista dominante. Cuando atribuimos a una persona, conducta o cosa la característica de anormal, suele ir acompañada de sesgos negativos que hacen que veamos como anómalo situaciones que no siempre lo son y a la inversa.

Y ocasionalmente lo anómalo o no, está relacionado con lo cultural o lo familiar. En Occidente es habitual vestirse de oscuro y estar triste en los entierros por la muerte, cuando el color blanco es muy usado en las zonas orientales como Japón, y se hace un homenaje al fallecido celebrando la vida. En Mauritania (África) se hace una fiesta en los divorcios y aquí suele ser un tema desagradable de gestionar y se puede convertir en tabú hablar de ello para no molestar a quien lo está pasando.

Por ello, tendríamos que saber que el ser humano es en transformación. En el sentido que tiene que acceder a una serie de normatividades culturales impuestas y luego tiene que aceptar y desechar aquellas que le potencien o dificulten.

Cuando queremos encorsetarnos en moldes de cómo tenemos que vivir, cómo tenemos que amar o cómo tenemos que ser felices, es posible que no vivamos una vida dichosa sino impostada.

A veces sentirnos marginales fuera de la norma, dispara las enfermedades mentales como las preguntas: ¿Pero por qué no puedo encajar en el grupo de clase? ¿Pero por qué no me dan “likes” a mis post de Instagram? ¿Pero por qué mi cuerpo no se ajusta a lo esperado y sí el de mis amigas/os?

Las distinciones entre los diferentes gustos o preferencias de las personas son buenas para conocernos mejor. A uno le gusta el fútbol, a otro el rugby y a otro el teatro, uno quiere desarrollar una formación profesional y otro una carrera universitaria.

Sin embargo, cuando nos comparamos con el otro, introducimos un elemento de competición donde establezco unos patrones de “presión”. “Quiero tener más coches, más sexo, más casas que él o ella y eso me hace mejor”. Apareció la envidia restándonos felicidad. La única comparación adecuada sería la de cada uno con respecto a sí mismo. Así estaba yo hace unos años y así estoy ahora.

También existe una idea falsa de que para ser feliz en la vida hay que llegar a una “paz mental”. Sin embargo, la vida es en conflicto, el crecimiento de las personas tiene que ver con poder tolerar ciertos conflictos con los demás y consigo mismo, y uno accede a la norma a veces, a través de una rebeldía hacia sus padres valedores de la normatividad o de las generaciones anteriores valedoras de lo que tradicionalmente ha generado felicidad.

Cada generación tiene que luchar por producir sus propias normatividades o reglas, ajenas a veces, a aquellas que tuvieron sus padres o abuelos. Ser familia numerosa, tener más de 4 hijos a principios del siglo XX se veía necesario para repoblar una mermada Europa después de dos guerras mundiales y tener mano de obra barata para cultivar la tierra y al mismo tiempo se veía en la alta reproducción un signo de virilidad en los varones y en ellas, la maternidad era concebida como un destino que otorgaba una identidad en la comunidad junto al matrimonio.

Resolver la cuestión para cada uno Normalidad/Felicidad aceptando las diferencias en los demás y en nosotros mismos ayuda a tener una vida más sana.

Actitudes, EFEsalud, Emociones, Psicología, Salud mental

Psicología de la vida cotidiana: el enamoramiento

En la mitología siempre se ha representado el amor/enamoramiento con la imagen de Cupido con los ojos vendados y con flechas de amor instantáneo y de indiferencia. “El enamoramiento puede ser un estado de locura transitoria”, decían desde la filosofía.

Pero, ¿qué dice la ciencia sobre el enamoramiento?

Primera fase del amor

Primero que el enamoramiento es la primera fase del amor, después vendrá el amor intimidad y el amor compromiso.

El enamoramiento en sí es efímero tiene una duración entre 6 meses y 2 años. Se da una “idealización” de la otra persona, es decir, que solo se ven sus virtudes. Es la etapa donde el romanticismo es más agudo y la pasión sexual impera.

Es una etapa donde apenas hay conflictos entre la pareja.

En el enamoramiento las personas sienten la necesidad de estar siempre juntos, no quieren dejar de verse nunca. Suelen abandonar a las amistades y generan un mundo excluyente de las demás relaciones, donde cada vez el otro pide más tiempo o más pruebas de amor.

Además hay cambios fisiológicos  cuando aparece la pareja, como un incremento en el ritmo cardíaco, mayor dilatación de las pupilas y más sudoración. Estos cambios corporales hacen que las personas piensen que existe una fuerte conexión de pareja. Y la fantasía de la reciprocidad es común.

Sin embargo, también existe una idea de apropiación del otro. Se le piensa con una serie de obligaciones y como si nos perteneciese.

Final del enamoramiento y enamorarse mal

Final del enamoramiento. El sentimiento de pasión y atracción comienza a declinar y se distinguen los defectos de la otra persona. Además deja de ocuparse con tanta intensidad de los asuntos de la otra persona para poner atención en otros asuntos “propios”.

Cuando se dice “enamorarse mal” tendríamos que pensar en quién emite esta idea. ¿La dicen unos padres sobreprotectores del hijo/hija? ¿Hay clasismo porque es una pareja de diferente estrato social? ¿Hay racismo? ¿Son de familias enemigas Capuleto/Montescos? ¿O realmente es una pareja “tóxica”?

Para saber si uno se ha enamorado bien o mal generalmente hay que esperar al final del enamoramiento porque este es una entrada al “amor”.

Y sabremos que hay amor si hay un proyecto de pareja o de familia a medio plazo y largo plazo con cuidado y atención mutuos más la incorporación del proyecto de futuro.

EFEsalud, Emociones, Psicología, Relaciones de pareja

¿Qué tiene de cierta la expresión «me han roto el corazón»?

Este miércoles (14 de febrero) ha sido San Valentín, y nosotros creemos que celebrar el amor es siempre buena idea. Ya sea amor de pareja, amor fraternal, amistad o amor por los animales, todas son formas de amar diferentes, pero igual de válidas, aunque a veces nos pasen por alto.

Sin embargo, algunas fechas señaladas parecen haberse diseñado exclusivamente para celebrar el amor romántico. Esto hace que gran parte de la población se sienta excluida de la festividad, y si estás pasando por un proceso de ruptura o pérdida, aún más.

Los corazones rotos también son habituales en estas fechas. Es probable que tú también hayas dicho alguna vez: “¡Me han roto el corazón!”, refiriéndote a un estado de tristeza que parece acapararlo todo. Pero, ¿y si te decimos que esta expresión se fundamenta en un síndrome real (que, además, tiene que ver con situaciones de estrés inesperadas, como puede ser una ruptura de pareja)? ¡Te lo explicamos!

El síndrome del corazón roto

Hablamos del síndrome de Tako-Tsubo, una patología conocida popularmente como síndrome del corazón roto. Es una enfermedad cardíaca poco frecuente caracterizada por la aparición de insuficiencia cardíaca aguda después de una situación estresante inesperada, sea emocional o física, como por ejemplo, una muerte inesperada, una pérdida económica muy grande, una caída sin poder levantarse durante mucho tiempo o una crisis asmática. Este pico de estrés causa la liberación masiva de adrenalina, que puede dañar temporalmente el corazón de algunas personas.

La patología se presenta de forma similar a un infarto, pero existe una diferencia sustancial: en un infarto, hay una arteria que se bloquea totalmente o casi totalmente, y en el caso del síndrome de Tako-Tsubo, las arterias no están obstruidas. El grupo más afectado son las mujeres posmenopáusicas entre 60 y 75 años que están sanas y sufren un episodio de gran estrés; sin embargo, se desconoce por qué es tan frecuente en ese grupo.

La patología recibe ese nombre porque el ventrículo izquierdo del corazón adopta una forma parecida a un tako-tsubo (en japonés tako significa «pulpo» y tsubo, «recipiente»), una trampa para pulpos que se utilizaba en Japón.

Como ya explicamos, el síndrome del corazón roto es una situación temporal y las alteraciones son reversibles. De hecho, algunos estudios afirman que la reversión es completa y que la recuperación se da sin necesidad de aplicar un tratamiento. Sea como fuere, si sospechas que tienes algún problema en el corazón, ¡lo mejor será consultar a un profesional!

No hay medias naranjas: tú ya eres la pera

En el libro El banquete o El simposio, Platón habla del amor y transmite una idea que seguro que todos conocéis: “El hombre primigenio era redondo (…) y teníamos 8 extremidades y 2 cerebros, y fuimos divididos por los Dioses. Así que nos pasamos la vida intentando encontrar esta otra mitad”, explicaba Edith Hall, profesora del Departamento de Clásicos e Historia Antigua de la Universidad de Durham (Reino Unido), en un capítulo de Historia de las ideasun podcast de la BBC (minuto 2).

La idea que se desprende de ese mito es que estamos condenados a vivir toda la vida tratando de encontrar nuestra otra mitad (literalmente), la famosa media naranja. Pero esta historia nos da a entender que no se concibe el éxito sin ir acompañado de una relación sentimental satisfactoria y que, por tanto, las personas solteras nunca podrán alcanzar una vida completa.

Esto se trata de una idealización o una falsa creencia de lo que es o debería ser una relación de pareja. Estas creencias propagan conductas de control, posesión, manipulación y aislamiento. «Es una fantasía pensar que se puede encontrar la media naranja«, explica a Verificat Sergio García Soriano, psicólogo, psicoterapeuta y miembro del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.

Buscamos «perfiles que nos complementen, y aquí nos equivocamos porque no hay complemento posible, sino que hay que conocerse ya partir de ahí se va produciendo (…) el conocimiento íntimo a nivel personal, a nivel intelectual», añade. “Deberíamos pensar que, por un lado, somos naranjas completas, y por otro, somos naranjas carentes”. Esto quiere decir que «lo que necesitamos está fuera de nosotros en muchísimas ocasiones: tenemos que salir a buscarlo y saber que hay una carencia, pero no tiene que ver con la media naranja».

Si el mito fuera cierto, “podríamos pensar que deberíamos escrutar muchas posibles medias naranjas, y entonces deberíamos realizar una búsqueda muy amplia. (…) [Pero] la gente se empareja con personas del mismo municipio, de la misma calle, es decir, que hay una proximidad [física] y a partir de ahí surge”. Por tanto, concluye García Soriano, “es un mito romántico“.

EFEsalud, Emociones, Psicología, Relaciones de pareja